La profecía autocumplida: Cuidado con lo que piensas de tus hijos, puedes convertirlo en realidad

profecia-autocumplidaTanto si crees que puedes como si no, tienes razón. Henry Ford

«Qué inútiles son los médicos de la Seguridad Social, al final tuve que ir al privado para que dieran con lo que le pasaba a mi hijo». Aún recuerdo la enérgica queja de una conocida mía, madre de un bebé de 4 meses, al que, según me dijo, ya con pocas semanas vio que «le pasaba algo». Tiraba mucha leche mientras tomaba el pecho. Acudió a Urgencias y le dijeron que eso era normal en los bebés tan pequeños, por la inmadurez de los esfínteres del esófago que impiden que el alimento vuelva a salir, que si estaba contento y seguía mamando como si tal cosa no debía preocuparse. Sin embargo, siguió preocupada, y pidió cita con su pediatra de cabecera, que le dijo exactamente lo mismo. Pero ella seguía empeñada en que eso no era normal y en que a su hijo le pasaba algo. Tras peregrinar por varios médicos, acudió a una consulta privada a varios kilómetros de su localidad, donde atiende un médico con mucha fama en la zona, quien, sólo con escuchar su historia, le dijo: «tienes razón, esto no es normal, ¡este niño está empachado!». Con una base científica que asusta -por su ausencia-, y contraviniendo todas las recomendaciones de los organismos internacionales, le mandó el ansiado tratamiento: «a partir de ahora, le darás el pecho con horarios, como si fuera el biberón». Y efectivamente, como comía menos veces, por lógica, devolvía menos veces, pero, ¿a qué precio? «Al principio lloraba mucho, pero después se acostumbró», contaba la madre, para añadir, orgullosa, que «poco a poco fue echando menos, y ahora ya no echa nada».

No es muy difícil imaginar que un niño que se hubiera quedado sólo con los consejos del pediatra de cabecera y el niño de esta historia habrían acabado llegando al mismo punto a los 4 meses, puesto que ambos habrían alcanzado la madurez suficiente como para prácticamente dejar de tirar leche mientras maman. Pero el empeño de esta madre en pensar que a su hijo le pasaba algo hizo que realmente a su hijo le pasara algo y saliera con un diagnóstico médico (por peregrino que éste fuera). Estamos ante la llamada «profecía autocumplida».

El poder que nuestro pensamiento tiene sobre nosotros mismos

La profecía autocumplida, según recoge Wikipedia, «es, al principio, una definición “falsa” de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva “verdadera”». Es decir, nuestra forma de percibir la realidad condicionará lo que finalmente pase, como, por ejemplo, en el caso de la madre que se empeña en que a su hijo le pasa algo.

Mucho se ha hablado del gran poder de nuestra mente a la hora de afrontar una situación. El hecho de pensar «puedo hacerlo» o «no puedo hacerlo» condiciona enormemente el resultado final. Es tal el poder de la mente, que puede hacer incluso que una enfermedad empeore o que respondamos mejor al tratamiento, ya que numerosos estudios demuestran que las situaciones anímicas adversas bajan las defensas y hacen al cuerpo más susceptible a contraer enfermedades o a que éstas se agraven. Por ello, el primer y principal consejo que se da a los pacientes oncológicos es que mantengan un actitud positiva, ya que contribuirá a su estado físico. Estas relaciones entre la mente y el cuerpo son objeto de estudio de la psiconeuroinmunología.

El poder que nuestro pensamiento tiene sobre los demás

La actitud que adoptamos ante la vida o ante un problema concreto puede partir de nuestro propio pensamiento, o también de la influencia que tiene sobre nosotros el pensamiento de los demás. Un ejemplo lo podemos encontrar en un estudio que demostró que mujeres estadounidenses de procedencia asiática sacaban mejores notas en un examen de matemáticas cuando se les dijo que la razón para hacerlo era comprobar si era cierto que los asiáticos son mejores en matemáticas, y peores notas al decirles que el examen buscaba comprobar si era cierto que a las mujeres se les dan peor las matemáticas que los hombres; en ambos casos, en comparación con un grupo de control al que no se le dio ninguna razón para realizar el examen. Es decir, los mensajes que nos llegan desde fuera también pueden condicionar nuestro pensamiento hasta el punto que nosotros mismos hagamos que se cumpla la profecía… de los demás.

El poder que nuestro pensamiento tiene sobre nuestros hijos

Si el pensamiento que tenga una tercera persona cualquiera sobre una persona adulta puede acabar influyendo en su comportamiento, nos podemos hacer una idea de la enorme influencia que tiene para un niño lo que sus padres piensen de él, y los mensajes que le transmitan. Por eso, psicólogos y orientadores insisten tanto en que los progenitores nunca emitan juicios de valor negativos sobre sus hijos como un todo, tales como «eres malo», «eres tonto», «eres vago»… No sólo por ética o por justicia, sino porque estas etiquetas calan hondo en los niños, que las interiorizan y al final acaban convirtiéndose en lo que se espera de ellos.

El efecto de los pensamientos y la actitud de los padres hacia los hijos ha sido también objeto de estudio científico. Un estudio de 2004 analizó las actitudes de calidez y hostilidad entre 658 díadas madre-hijo, y halló que estas actitudes tenían un efecto de autocumplimiento cuando eran desde la madre hacia el hijo; no así al contrario.

Esta influencia podemos también encontrarla en las opiniones y juicios de valor de los profesores sobre los niños, y en la manera en que los docentes tratan a sus alumnos. A nadie se le escapa que la actitud que muchos adoptan ante el colegio o ante una asignatura en concreto depende en gran medida de la actitud del profesor, y que generalmente los profesores con mayor número de suspensos entre su alumnado suelen coincidir con los que menos se implican con sus alumnos. Incluso en etapas como la educación infantil vemos los efectos de la conexión que el docente establece con el niño sobre la actitud y predisposición de ese niño hacia el colegio.

El grave daño que causan las etiquetas

Así pues, resulta especialmente peligroso colocar etiquetas a los niños, porque padres y profesores, con nuestra actitud, podemos convertir esa etiqueta en realidad. Generalmente, las etiquetas se colocan a raíz de ciertos comportamientos que incomodan a los adultos -ya sean padres o profesores-, y con ellas juzgamos al niño en su totalidad sólo fijándonos en estos comportamientos, que a menudo son transitorios como parte de una fase de su desarrollo o de una etapa difícil, y que no nos dejan ver otras cualidades positivas. De este modo, el niño recibirá el mensaje de que es de una determinada manera, y elaborará pensamientos como «si mis padres dicen que soy malo, es que lo soy y siempre lo seré, así que no me esforzaré en tratar bien a nadie», «si mi profesor dice que soy vago, es que lo soy y nunca me va a gustar hacer nada», etc.

Las etiquetas más peligrosas son aquellas que implican un trastorno mental (autismo, TDAH, TGD…), ya que se reflejan en el expediente médico y académico y se quedan con el niño de forma permanente, persiguiéndolo para siempre. Además, un niño que acude diariamente a clases de apoyo, que se somete a evaluaciones, que realiza visitas más o menos frecuentes al orientador psicopedagógico o al neuropediatra, que puede hasta llegar a tomar medicación… ¿qué imagen puede tener de sí mismo?

El trabajador social y psicoterapeuta Jeremy Fink opina que etiquetar a un niño con un trastorno mental es muchas veces una forma que tiene el adulto de dar contención (o una explicación fácil y rápida) a sus preocupaciones, de pensar que el niño es así por su biología, y no que tiene un determinado comportamiento por circunstancias concretas. Así, el especialista indica que, con las etiquetas, invisibilizamos en muchos casos los verdaderos sentimientos y las necesidades emocionales del niño, expresadas a través del comportamiento que consideramos inadecuado y, en lugar de dar la respuesta que el niño necesita, dejamos estas necesidades sin atender, creando en el niño el sentimiento de que nunca va a encontrar en el entorno la solución a lo que le ocurre y resignándose a caer dentro de la etiqueta para siempre.

Un ejemplo habitual es el caso que suele darse en educación infantil -una etapa en la que los niños aún tienen aspectos básicos de su desarrollo madurativo sin completar- con los profesores demasiado exigentes, con poca flexibilidad y altas expectativas en cuanto al comportamiento de los niños -independientemente de su nivel de desarrollo y circunstancias diarias-, muy volcados en los premios y castigos, y que a su vez descuidan el afecto y los aspectos emocionales. Los niños que no logran cumplir con sus expectativas y exigencias son fácilmente etiquetados, y en algunos casos el docente sugiere una evaluación psicológica porque, según su percepción, el niño necesita ayuda. Con esta firme creencia, el profesor se autoconvence de que el niño sólo puede avanzar con ayuda y de que nada de lo que él como docente haga va a servir para lograr sus objetivos, por tanto, se «desentiende» del niño y le lanza constantes mensajes negativos, algo que hace que el niño se desmotive cada vez más y muestre más frecuentemente los comportamientos no deseados (por ejemplo, agresividad, falta de interés por las actividades de la clase…), cumpliéndose así la profecía del profesor. Son los típicos casos en los que existen enormes diferencias entre el comportamiento del niño en casa y en el colegio. Sin embargo, el mensaje de la actitud del niño es tan simple como «no se están respetando mis ritmos madurativos, ten un poco de paciencia conmigo» o, incluso, «no me motivan los premios; me motiva el cariño y aquí no lo encuentro».

En este sentido, una psicóloga y orientadora me contaba recientemente el caso de un niño de primaria etiquetado con un trastorno y acogido a un programa de adaptación curricular (ACIS). Tras un par de cursos con resultados catastróficos, en el nuevo curso sorprendió a propios y extraños con una espectacular mejora académica, y esta orientadora quiso saber a qué se debía. El niño, al que se supone con graves problemas cognitivos, le explicó magistralmente lo que le pasaba, y, al mismo tiempo, lo que le pasa de manera inconsciente a la mayoría de los niños: «si el profesor se toca las narices, yo no me esfuerzo; si veo que el profesor se esfuerza conmigo, yo también me esfuerzo». Efectivamente, hasta entonces había dado con profesores que simplemente lo daban por perdido, y lo que supuso un revulsivo fue la llegada de un nuevo profesor que se implicó realmente con él y con su aprendizaje.

En definitiva, y como ya dijo Goethe: «Si tratas a una persona según lo que parece, la haces peor de lo que es. Pero si la tratas como si ya fuera lo que tiene capacidad de ser, la haces lo que debería ser».

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