La profecía autocumplida en los diagnósticos de salud mental en la infancia

Artículo original publicado el 25 de agosto de 2011 en MentalHelp por Jeremy Fink (California, EEUU), Trabajador Social y Psicoterapeuta (LCSW), Director del Centro Dinámico de Asesoramiento Psicológico

profecía-autocumplida-diagnósticosEsta mañana saqué a los perros a jugar al jardín, y Marty, mi West Highland Terrier mestizo, salió corriendo en cuanto abrí la puerta y se metió de cabeza en un charco de barro, donde cavó un hoyo a base de revolcarse. Me irritaba su comportamiento, ya que lo dejó todo hecho un desastre y lleno de barro, y luego me tocaría a mí limpiarlo. Sin embargo, puedo entender que su comportamiento fue instintivo y propio de su naturaleza canina.

Como humanos, nosotros aprendemos modales, códigos de comportamiento, moral, ética y el «proceder correcto» (Perls, 1973), principalmente a través de la educación, más que de instintos heredados e intuición animal. Nuestra exploración del entorno se ve interrumpida y «atada en corto» durante la infancia a medida que nos enseñan a madurar y actuar de acuerdo a las normas sociales y del desarrollo, y las expectativas. Aunque debemos crecer para entender que no debemos hacernos daño a nosotros mismos, ni a los demás, y que debemos vivir dentro de unos límites sociales, parece que se hace hincapié en la educación por encima del instinto y la intuición en relación con cómo encajan nuestros hijos en el entorno. Cuando estas normas esperadas no son cumplidas, los padres, profesores y terapeutas empiezan a preocuparse y pensar que debe de haber un problema con el niño, y a menudo contienen sus propias ansiedades resultantes aislando, etiquetando y diagnosticando un trastorno.

El Departamento de Servicios Sanitarios y Humanitarios de EEUU informa de que 1 de cada 5 niños (20%) puede tener una enfermedad mental diagnosticable. Según los Centros de Control de Enfermedades de EEUU, el 9,5% de los niños tienen Trastorno de Déficit de Atención-Hiperactividad (TDAH), con Trastorno Negativista Desafiante como diagnóstico concurrente habitual, un 1% de todos los niños tienen un Trastorno del Espectro Autista (TEA), como el síndrome de Asperger, y, según el Dr. Joseph Biederman, Jefe de Programas Clínicos y de Investigación en Psicofarmacología Pediátrica del Hospital General de Massachusetts (EEUU), 1 de cada 4 niños tiene trastorno bipolar. Parece que estos trastornos se han convertido en los trastornos de salud mental infantil de moda (sin mencionar que el grueso de la financiación para la investigación del Dr. Biederman proviene de 15 empresas farmacéuticas). No pretendo infravalorar los trastornos de salud mental; sin embargo, éstas son estadísticas alarmantes y debo plantear la pregunta: ¿realmente estos trastornos se están volviendo más prevalentes y crónicos, o somos nosotros, como adultos, los que estamos usando estas etiquetas como forma de contener nuestras propias ansiedades, puntos ciegos y preocupaciones sobre nuestros hijos?

El Doctor en Medicina Daniel Stern escribió en su libro «The Interpersonal World of the Infant» («El mundo interpersonal de los niños pequeños») que los niños pequeños y los adultos existen dentro de dos sistemas paralelos y diferentes de percepción, cognición, afectividad y memoria, a la hora de descubrir y encontrarle sentido a su entorno. Yo matizaría que, durante el transcurso del desarrollo, los sistemas del niño permanecen separados y paralelos, a la hora de interactuar con el sistema del adulto. Lo más importante es la dinámica creada a través de esta interacción. Los niños con experiencias de adultos disponibles, predecibles, receptivos y coherentes son más capaces de vincularse y formar relaciones sanas en el futuro, engendrando sentimientos de autoeficacia, ya que el niño aprende que tiene control sobre el entorno social. Externalizando o separando el comportamiento infantil del propio niño, a menudo a través de un diagnóstico, podemos estar poniéndonos la venda en los ojos y no ver las señales de nuestros hijos, ignorando aquello para lo que necesitan una respuesta coherente. En consecuencia, pueden acabar aprendiendo que sus necesidades y comportamientos no causan ningún efecto en los comportamientos de los demás y no aprenden a esperar que sus necesidades pueden ser satisfechas en el entorno. Los padres a menudo son incapaces de dar una respuesta rápida y coherente cuando el comportamiento de su hijo les evoca sus propios puntos ciegos o sus detonantes, y es en este punto donde las etiquetas y los diagnósticos parecen servir a un propósito (por ejemplo, un hijo mío no se comportaría de esta manera, debe de ser el TDAH).

Como ya comentó Philip Bromberg, la principal influencia que tienen los padres sobre sus hijos proviene de mostrarles quiénes son a través de una interacción acorde, en oposición a decirle al niño lo que es o quién es. Al relacionarse con el niño como si estuviera trastornado de algún modo, podemos estar ignorando otros de sus aspectos, rechazando la existencia relacional de aquellos aspectos del “yo” del niño y dando lugar a un trauma del desarrollo. Por tanto, la etiqueta se convierte en una profecía autocumplida. Mirando a las dificultades infantiles a través de una lente holística, nos damos más cuenta de la velocidad del desarrollo y las interrelaciones entre los sistemas cognitivo y social, en los que los problemas creados en un área pueden extenderse y afectar al desarrollo en otras áreas (Campbell, 2002). Los niños se encuentran bajo una increíble cantidad de presión para ser sanos y «normales», y desarrollarse más rápido o igual que sus padres. Muy a menudo sucumben a la presión cuando sus necesidades únicas e individuales como niños son malentendidas, desechadas y reemplazadas con un diagnóstico. Ninguna etiqueta diagnóstica, sin embargo, puede utilizarse para explicar las necesidades de tu hijo, y son estas necesidades las que realmente importan.

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