Cómo saber si a mi hijo le intentan achacar un trastorno que no tiene

Octubre y noviembre son los meses en los que más fácilmente nos podemos encontrar con que a nuestro hijo o hija le intenten achacar un diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA) o Trastorno por Déficit de Atención-Hiperactividad (TDAH), especialmente si es su primer año en un centro reglado, o en el que puedan tener acceso a orientadores y psicopedagogos. Una vez transcurrido el periodo de adaptación, que suele comprender todo septiembre, y en el que todo comportamiento se considera normal, comienza octubre, y el cambio radical. Se empieza a «trabajar en serio» (como suelen decir en los centros), con horarios, fichas, actividades dirigidas de todo tipo, etc. Es en este momento cuando los docentes empiezan a observar quién se queda «descolgado» del ritmo de trabajo, quién presenta un comportamiento «conflictivo» (indisciplinado)… en definitiva, qué niños y niñas van a suponer las mayores dificultades en su trabajo durante el año en curso. Bien es cierto que no se puede generalizar, y que habrá docentes que esto lo asuman empleando otras herramientas, pero muchos, por si acaso, y para curarse en salud, derivan el tema al orientador. Y el orientador, en muchos casos, y también para curarse en salud, propondrá una evaluación psicológica, de la que ya se hablará detenidamente más adelante, y ya nos lo habrán calificado de «niño/a con necesidades especiales», aún sin tener un diagnóstico claro en muchos casos.

El quid de la cuestión radica en que, como una vez me comentó una orientadora, y como avala la evidencia científica, los signos de inmadurez pueden confundirse con síntomas de TEA (u otros trastornos, añadiría yo). Por tanto, lo que para unos es un caso claro de TEA o TDAH, resulta que sólo es un estadio normal del desarrollo del niño, y que pasará con el tiempo.

Los 8 puntos clave

Desde mi experiencia personal y la de otras familias de mi entorno, e incluso según estudios científicos, un niño o niña tiene más posibilidades de que le hagan cargar con un trastorno que no tiene si:

1. Es chico.
2. Tiene altos niveles de testosterona prenatal.
3. Es de los pequeños de la clase.
4. Es su primer año de escolarización.
5. Ha llegado a los hitos madurativos a edades que se consideran tardías (ejemplos: empezar a andar con 15 meses, controlar esfínteres más allá de los 3, etc.)
6. Tiene o ha tenido algún tipo de problema de naturaleza física (auditivo, operación quirúrgica, etc.)
7. Ha vivido recientemente o está viviendo una experiencia que percibe de forma negativa (como la llegada de un hermanito, una ruptura familiar en casa, la pérdida, accidente o enfermedad de un ser querido, etc.)
8. En casa se sigue un estilo de crianza respetuosa, sin castigos ni sistemas de modificación de conducta.

Cuantos más supuestos se cumplan en vuestro caso, más posibilidades de que intenten atribuirle un trastorno psiquiátrico, y de que este diagnóstico esté equivocado. Si nos fijamos, seis de estos ocho puntos hacen referencia directa al nivel madurativo del niño, y está demostrado que, si estas afirmaciones se cumplen, la madurez del niño tardará más en llegar. Pero el hecho de que el desarrollo madurativo vaya más despacio que en otros niños no tiene nada que ver con los trastornos mentales, ni significa que el niño tenga autismo o TDAH. Por su parte, los puntos 4 y 8 hacen referencia a la interiorización por parte del niño de los sistemas y rutinas que se espera que siga en el colegio. Es decir, son cuestiones de mero desconocimiento del entorno y sus reglas, y por supuesto no tienen nada que ver con la existencia de un trastorno.

Señales que nos envían desde el colegio y que nos deben poner en alerta

En esta época del año, debemos prestar especial atención a las señales que nos envíen desde el cole. Estad especialmente alerta si el docente:

– Desde el principio de curso, o casi el principio, da muestras de no estar muy alegre con el comportamiento del niño.
– Os comenta comportamientos curiosos o extravagantes que ha tenido el niño en clase.
– Os dice que el niño no sigue las rutinas de la clase, que no sigue las órdenes o que no hace las fichas / actividades.
– Os pregunta si el niño tiene algún problema de oído / visión, porque parece no escucharle / ver algo que toca hacer.
– Os cita a tutoría al poco de empezar el curso, para hablar de la adaptación / actitudes del niño en clase.
– Os envía al orientador, incluso con el pretexto de que os dará pautas para cierto problema concreto (control de esfínteres, disciplina, etc.).

El siguiente paso: la reunión y el consentimiento informado

En estos dos últimos casos, tanto si la reunión es con el docente como si es con el orientador, el profesional suele partir de diversos comportamientos específicos del niño que se suponen anormales, que ha estado recopilando durante semanas, y, tras exponerlos todos de seguido, plantea que el niño «necesita ayuda». Ahí os entrega un documento de consentimiento (ver arriba) para que el Servicio Psicopedagógico proceda a la valoración del niño, y os invitan a tomar una decisión «pensando siempre en lo mejor para el niño» (esta expresión debe de aparecer en los manuales, ya que la utilizan mucho, pero no se ajusta a la verdad). E incluso sin esperar a los resultados, os pueden dar a firmar una autorización para intervención en pedagogía terapéutica (PT) y audición y lenguaje (AL), es decir, para que el niño ya pueda empezar a «beneficiarse» de terapias de atención temprana.

¿Qué hacer? Actuar siempre con cautela y NO FIRMAR

Éstos son documentos con los que debemos tener sumo cuidado. Hay que actuar siempre desde la cautela y la prudencia, ya que nuestra autorización para una evaluación equivale prácticamente a una autorización para diagnosticar un trastorno, habida cuenta de que, con lo subjetivos que son los diagnósticos, no será difícil que el veredicto final coincida con la «sospecha» del proponente. Un diagnóstico de autismo (u otro trastorno) es algo serio que perseguirá a nuestro hijo durante mucho tiempo, y hay muchas razones para no aceptarlo si su estado no le supone al niño impedimentos claros y permanentes en su vida diaria, o una profunda angustia o malestar emocional.

Por lo tanto, estos documentos nunca se deben firmar a la ligera, y por supuesto, lo más aconsejable será no firmar hasta no tenerlo absolutamente claro, tras haber recabado información basada en pruebas y consultado con profesionales rigurosos. Y, sobre todo, no podemos dejar de comprobar si las características observadas en el colegio coinciden con la forma de ser del niño en casa y valorar si el niño está todavía en pleno proceso madurativo. Probablemente, sólo sea tiempo lo que necesite para cumplir las expectativas adultas, y no una etiqueta que lo único que puede hacer con su futuro es comprometerlo.

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Un pensamiento en “Cómo saber si a mi hijo le intentan achacar un trastorno que no tiene

  1. Como siempre formidable!!! Añadiría que los orientadores educativos NO son médicos ni psicólogos clínicos, y por tanto, si se atreven a realizar un diagnóstico médico de cualquier trastorno estarían presuntamente cometiendo un delito, pues no tiene la titulación requerida para hacerlo. Sería interesante conocer cuántos niños en España tienen cualquier etiqueta sin tener un diagnóstico médico, y cómo se permite esto. Lo digo para aquellos que “firmaron” engañados, se arrepienten, o incluso pasaron de pedirles su firma y autorización, que también se ha dado el caso. De cualquier forma, si ya ha sucedido, es un acto nulo de pleno derecho al estar basado en una actuación que presuntamente es constitutiva de infracción penal (Ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común).

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