Si en casa no somos violentos, ¿por qué mi hijo pega?

028 agresividadÉsta es la pregunta de muchas familias, sobre todo de las que siguen una crianza respetuosa, cuando sus hijos dejan de ser bebés y se sorprenden al observar en ellos comportamientos bruscos o violentos: pegan, muerden, tiran del pelo o incluso se autolesionan (se dan golpes contra el suelo, cabezazos contra la pared…). Pasan los meses y la situación no mejora sustancialmente, sino que lo más probable es que vaya a peor: aparecen las rabietas, gritan, lanzan objetos y se expresan con ira. ¿Por qué tiene una conducta tan agresiva, si no es lo que ha visto en casa? ¿Qué puedo hacer para atajarlo?

La agresividad forma parte del ser humano

En primer lugar, debemos tener en cuenta que la agresividad forma parte del ser humano, al igual que de todo el resto de especies animales. Hemos de tener en cuenta que, durante miles de años, los individuos más fuertes y agresivos poseían una ventaja evolutiva sobre los más pacíficos. Así pues, no es de extrañar que, en cuanto los niños pequeños comienzan a desarrollar su motricidad gruesa, iniciando así su trayectoria como seres independientes de su madre o persona de referencia, comienzan también a mostrar conductas agresivas. Esta agresividad va en escalada durante toda la primera infancia. Así, un estudio dirigido por R.E. Tremblay que analizó la trayectoria de agresividad en más de 500 niños desde los 17 a los 42 meses, divididos en 3 subgrupos según su nivel de agresividad, reveló que dicha agresividad fue en ascenso en todos ellos, hasta en los más pacíficos.

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El autocontrol: una habilidad madurativa

Así pues, la agresividad está presente en el ser humano desde su nacimiento. Lo que le hará ser capaz de controlarla y reducirla es el autocontrol. Sin embargo, el autocontrol, a diferencia de la agresividad, no está presente en el instinto humano desde que nace, sino que es una habilidad madurativa que se adquiere con el tiempo. ¿Cuándo se adquiere el autocontrol? Tremblay menciona en su estudio que, en investigaciones anteriores, había llegado a la conclusión de que el autocontrol se adquiere «en algún momento de la etapa preescolar»; es decir, entre estos 3 años y medio, en que la violencia aún va en aumento, y los 6 años. Un nuevo artículo científico alude a otro estudio de Tremblay que «informó de que la inmensa mayoría de los niños reducían la frecuencia de sus agresiones físicas desde el momento que comenzaban en la escuela [primaria] hasta el final del instituto». Es decir, que lo normal es que los comportamientos agresivos tengan una progresión ascendente desde el inicio del desarrollo psicomotor, y luego se reduzcan a medida que se adquiere y consolida el autocontrol. Este autocontrol, como habilidad madurativa, vendrá de la mano del desarrollo cognitivo. Así, hay estudios que afirman que un mayor desarrollo cognitivo ayuda al autocontrol, mientras que, por el contrario, puede empeorar si el desarrollo cognitivo se ve afectado, como en los casos en los que el sufrimiento continuado y no aliviado causa al niño un estrés tóxico. Un mayor desarrollo cognitivo ayuda a una mayor comprensión por parte del niño de las normas sociales, a una expresión de sus sentimientos más racional y menos primitiva, y a una comunicación más eficiente de sus necesidades, que serán atendidas (o negociadas pacíficamente) en mayor medida.

El problema no es la existencia de agresividad, sino el nivel de agresividad

Por tanto, que nuestro niño pequeño tenga comportamientos agresivos no es un problema, ya que es lo habitual hasta que no adquiera la capacidad de autorregularse y autocontrolarse. El problema puede surgir de unos niveles elevados de agresividad, ya que, según Tremblay, los niños con niveles más altos de agresividad son más propensos a mantenerla en la infancia y adolescencia.

¿Con qué frecuencia se da este problema? En su estudio, Tremblay dividió a los niños en 3 subgrupos según sus niveles de agresividad: alto, medio y bajo. Tras analizar los parámetros de agresividad en estos niños, el subgrupo mayoritario resultó ser el de agresividad moderada, con alrededor del 58% de los niños, seguido de un 28% de niños aproximadamente que  presentaban escasa o nula agresividad. Tan sólo un 14% de los niños se encuadraba en el subgrupo de los altamente agresivos, grupo en riesgo de convertirse en niños, adolescentes y adultos agresivos, y que, de hecho, experimentó el mayor aumento de agresividad entre los 2 años y medio y los 3 años y medio.

Factores que potencian la agresividad

¿Qué podemos hacer para mantener a raya la agresividad de nuestros hijos? Ante todo, debemos tener en cuenta diversos factores que, según la evidencia científica, aumentan la agresividad:

El género masculino. Los chicos presentan mayores niveles de agresividad física que las chicas. El estudio de Tremblay y un buen número de estudios citados por este investigador así lo confirman. De entre los chicos, los que tienen niveles más altos de testosterona prenatal pueden ser más agresivos.

Mayor tiempo al día en la guardería y la escuela infantil. Un estudio del Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de EEUU demostró que los niños que pasan más tiempo en las guarderías y escuelas infantiles antes de cumplir los 5 años de edad son más agresivos y desobedientes cuando se encuentran fuera del centro escolar. Otro estudio anterior de la Universidad de Stanford puntualizaba que «además, los efectos negativos en el comportamiento asociados a la asistencia a un centro, en comparación con el cuidado a cargo de los padres, son mucho mayores en aquellos niños que inician su escolarización con menos de 2 años y particularmente amplios para aquellos que empiezan con menos de un año».

Falta de apego seguro. La investigadora canadiense Pratibha Reebye apunta, basándose en estudios anteriores, que «el apego es la piedra angular para la seguridad y confort. Durante el proceso de apego, los niños aprenden a desarrollar la capacidad de autorregulación tanto para el afecto como para el comportamiento (…). Las experiencias en las que el niño se siente cuidado aceleran la actividad neuronal y las conexiones sinápticas. La falta de experiencias en las que el niño se sienta cuidado, como las vividas en situaciones de desatención, provocan el fenómeno de la “poda sináptica”, en el que aparece la muerte celular programada». Reebye añade que el apego desorganizado – desorientado, fruto de la desatención o abandono maternal y del maltrato por parte de los padres, es el que se asocia con mayores niveles de agresión. Por otra parte, la falta de un apego seguro, aun sin llegar a los extremos del apego desorganizado, puede afectar especialmente a los niños de alta sensibilidad, altamente susceptibles al entorno, y según Pluess & Belsky, los que presentan «más problemas de comportamiento como respuesta a una atención de baja calidad», pero también «los niños que menos problemas presentaban de todos cuando tenían un historial de atención de alta calidad».

Ciertas características familiares desfavorables. En línea con lo anterior, los resultados del estudio de Tremblay indican que «los niños que presentan el mayor riesgo de no aprender a regular la agresión física en su primera infancia tienen madres con un historial de comportamiento antisocial durante su etapa escolar, madres que empezaron a tener hijos precozmente y que fumaban durante el embarazo, y progenitores con bajos ingresos y con graves problemas de convivencia entre ellos». Éstos son factores de riesgo para la aparición de desatención, maltrato y un apego desorganizado. Para estos casos, Tremblay aboga por medidas preventivas dentro de políticas sociales específicas. En la misma línea, apunta que un estudio de 1998 corroboró que un programa de visitas de una enfermera durante el embarazo y los 2 primeros años de vida del niño a estas familias de riesgo influyó considerablemente sobre el bienestar de la madre y, por tanto, contribuyó a reducir la desatención y el maltrato infantil. En consecuencia, según el estudio, disminuyó el comportamiento antisocial de los niños, no sólo en su primera infancia, sino incluso en la adolescencia.

Exposición a la violencia. Según Reebye, los niños desarrollan una mayor agresividad tanto si son víctimas de la violencia como si la contemplan habitualmente en su entorno familiar, en su barrio e incluso en la televisión (en este último supuesto, el impacto es menor, según la investigadora, si la ven en compañía de un adulto que pueda guiarles). Reebye, apoyándose en estudios anteriores, habla del «comportamiento destructivo» de los niños que sufren maltrato físico, pero también habla de los hijos de padres partidarios de pegar como forma de disciplina: «los niños a los que les pegan sus padres muestran un comportamiento más agresivo hacia sus iguales».

Un factor que nos puede confundir: la existencia de hermanos mayores

Según el estudio de Tremblay, en los hermanos menores se observan muchos más comportamientos violentos que en los hermanos mayores y los hijos únicos. Tremblay afirma que esto se debe a la sencilla razón de que tienen muy cerca a otro niño que les sirva de «blanco» de sus conductas agresivas, pero no necesariamente a que sean más violentos que otros cuyos comportamientos violentos pasen más desapercibidos por dirigirse a objetos; por lo que el propio Tremblay utilizó medidas que corrigieran este factor engañoso a la hora de analizar el resto de factores.

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Según otros investigadores citados por Trembley, además, «entre los 14 y los 24 meses, los hermanos pequeños tendían a ser más agresivos físicamente con los hermanos mayores que al revés. Este hallazgo puede tener su explicación en el hecho de que, cuando el hermano pequeño empieza a ser físicamente agresivo, el hermano mayor ha empezado a aprender a no ser físicamente agresivo. Además, los padres de los niños humanos, al igual que los padres de primates no humanos, probablemente castigan con más severidad la agresión física del hermano mayor porque es más probable que resulte en una lesión que la agresión del hermano pequeño».

¿La agresividad es indicativa de un trastorno?

Las conductas agresivas son características de varios trastornos, como el Trastorno por Déficit de Atención-Hiperactividad (TDAH) y algunos Trastornos del Espectro Autista (TEA). Sin embargo, no todos los niños que muestran conductas agresivas tienen un trastorno. Y menos aún, si hablamos de niños en edad preescolar, cuya agresividad es transitoria y proviene de su inmadurez. Algunos estudios un tanto alarmistas afirman que, en una muestra de 79 niños de entre 2,5 y 5,5 años enviados al psicólogo por comportamientos «disruptivos», 59,5% encajaban en el Trastorno de Oposición Desafiante, 41,8% en trastornos de la conducta y 59,5% en uno de los tres subtipos de TDAH. Algo que no es de extrañar, ya que, si intentamos evaluar a cualquier niño en plena «edad de las rabietas» en busca de un trastorno, muy probablemente confundamos sus manifestaciones inmaduras con una patología. La dra. Reebye puntualiza lo siguiente respecto a considerar la agresividad en la primera infancia como un trastorno:

«Se deben tener en cuenta diversos puntos antes de identificar un comportamiento agresivo como un trastorno. El típico juego físico y bruto de los preescolares forma una estructura de apoyo para el juego asertivo prosocial. Lo que diferencia las peleas entendidas como juego del comportamiento agresivo es la falta de voluntad de hacer daño o intimidar. Durante la etapa preescolar, los niños tienden a recurrir a la expresión física e instrumental de agresión, como arrebatar juguetes o empujar al compañero. La agresión hostil que se muestra como una conducta agresiva dirigida a otros, como el uso de motes, las críticas o la ridiculización, llega mucho más tarde, en torno a los 7 años de edad (Coie y Dodge, 1998)».

Cuando diagnosticar un trastorno es la «solución fácil»

Llegados a este punto, ya tendremos claro que la inmensa mayoría de los niños sólo necesitan cariño, paciencia y ver en su familia el modelo a seguir para que su agresividad disminuya. No obstante, una cosa es la casa y el entorno familiar, y otra muy distinta el colegio. Al cargo de más de 20 niños pequeños (en plena línea ascendente de la agresividad y con escasos recursos para expresar sus emociones de forma no primitiva), y sintiéndose en la obligación de «llevar la clase adelante», algunos docentes, especialmente los que tienen las expectativas más altas en cuanto a los objetivos académicos y de autonomía que deben conseguir los niños, recurren al diagnóstico de trastornos como TDAH como la «solución fácil» y exculpatoria, suponiendo que comenzar una terapia con sistemas de modificación de conductas y un profesor de apoyo les resolverá el problema… O, al menos, les permitirá delegarlo en otras personas durante un tiempo.

Desafortunadamente, existen maestros así. Un ejemplo lo podemos ver en el siguiente hilo de un foro de docentes: Clases con alumnos muy problemáticos. La maestra «mayagu» se queja de la agresividad de un niño de 4 años recién cumplidos (está en una clase de 3 años) y da la máxima importancia a que «los restantes 24 no tengan que aguantar a este niño y soportar las constantes interrupciones y faltas de respeto y obediencia hacia todos». Por eso, toma medidas como echarlo de clase y tenerlo «durante una hora de reloj» con una rabieta en el pasillo; actuación que hasta sus compañeras de infantil del mismo colegio le reprocharon. Sin embargo, en este foro, otro maestro le aconseja que «es el momento de diagnosticarlo» e incluso le anima a «cerrarse en banda» ante lo que califica como «la archiconocida excusa de la madurez» o ante la posibilidad de «atenderlo más tarde».

Por suerte, la mayoría de los maestros son muy diferentes. Al igual que las compañeras de la forera, trabajan desde una perspectiva empática, crean vínculos afectivos con sus alumnos, están formados y capacitados para gestionar las emociones de los pequeños y, sobre todo, asumen que esta fase es transitoria. Uno de estos maestros me comentaba jocosamente, que, tras los continuos gritos y rabietas en la clase de 3 años, era muy reconfortante llegar a la de 4 años y volver a encontrar a sus niños convertidos en «personitas». Y es que, aunque no lo parezca, maduran, sin necesidad de poner etiquetas que pueden no sólo ser erróneas, sino muy perjudiciales a largo plazo. Como bien comentaba el dr. Allen Frances, miembro del equipo de redacción del Manual Diagnóstico y Estadístico de Enfermedades Mentales (DSM), «si en algún caso deben ser conservadores los diagnósticos, éste es el de los niños».

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Un pensamiento en “Si en casa no somos violentos, ¿por qué mi hijo pega?

  1. Buenos días!! se me ha revuelto el estomago de leer los comentarios del foro de “maestrillos” es realmente lamentable y vergonzoso que este tipo de chusma este encargada de la educación de nuestros hijos. Enhorabuena por tu blog, como siempre unos artículos fantásticos.

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