La tecnología, ¿enemiga o aliada del desarrollo infantil?

tecnologíasMucho se habla últimamente de la relación de los niños con las nuevas tecnologías. La mayoría de las veces, en términos apocalípticos, hablando de los mil y un peligros que acechan a nuestros pequeños en la red de redes y en los posibles riesgos para su salud. Incluso algún artículo muy popular conmina a las familias a «prohibir a los menores de 12 años usar dispositivos electrónicos». ¿Tan nocivas son las nuevas tecnologías para nuestros hijos? ¿Realmente perjudican su desarrollo? ¿Qué dice la investigación científica?

«Depende del contenido, el contexto y la fase madurativa del niño»

Un interesante artículo escrito por tres científicos estadounidenses (Bavelier, Green y Dye) en 2010, que lleva por título «Children, wired: for better and for worse», afirma que «las investigaciones actuales apuntan que hay motivos tanto para el optimismo como para la preocupación, que dependen del contenido de la tecnología, el contexto en el que el usuario se sumerge en la tecnología, y la etapa del desarrollo en la que se encuentra el usuario».

Por tanto, y esto es de sentido común, debemos mirar con recelo los artículos que meten en el mismo saco a todos los niños independientemente de su edad, y a todo tipo de tecnología. No causa el mismo efecto la exposición a las nuevas tecnologías en un niño de 10 meses que en un niño de 10 años, como tampoco causa el mismo efecto ver un programa de cotilleos que acceder a Wikipedia.

Bebés y niños pequeños, mejor lejos de las pantallas

Dicho esto, si hay un grupo de edad para el que resulta perniciosa la exposición a las nuevas tecnologías, éste es el de los bebés y niños pequeños. La Asociación Americana de Pediatría (AAP) recomienda que «la televisión y otros dispositivos multimedia deberían evitarse para bebés y niños menores de 2 años. El cerebro de los niños se desarrolla rápidamente durante estos primeros años, y los niños pequeños aprenden más de su interacción con seres humanos, no con pantallas».

En este caso, y según los científicos estadounidenses arriba mencionados, las nuevas tecnologías no serían perjudiciales por sí mismas, sino por el efecto de desplazamiento. Es decir, se supone que el tiempo transcurrido con la televisión y otros dispositivos electrónicos desplaza otras actividades de mayor aprovechamiento para el desarrollo del niño.

¿Qué actividades son las que se quedan desplazadas? Un estudio de 2006 fue el primero en confirmar las preocupaciones de la AAP: cuanto más tiempo pasan los niños pequeños con la televisión, menos tiempo pasan interactuando con sus padres y sus hermanos. «El tiempo que los niños pasan viendo la televisión, tanto con sus padres y hermanos o sin ellos, tenía una relación marcadamente negativa con el tiempo que pasaban interactuando con sus padres o hermanos». Esta relación, especialmente con los progenitores, y la estimulación que conlleva son fundamentales para el desarrollo infantil. No en vano el estudio afirma que, según la AAP, los pediatras deberían «desaconsejar el visionado de televisión a los niños menores de 2 años y alentar actividades más interactivas que promuevan su adecuado desarrollo cerebral, como hablar, jugar, cantar y leer juntos».

Las consecuencias de la exposición prolongada a los medios digitales, y, por tanto, de la menor interacción humana en bebés y niños pequeños han salido a la luz en numerosos estudios científicos. Un reciente estudio de 2015 elaborado por investigadores taiwaneses, que observó niños entre los 15 y los 35 meses de edad, concluyó que «ver la televisión incrementaba el riesgo de retraso en el desarrollo motor, cognitivo y del lenguaje en los niños frecuentemente expuestos a la televisión». El grupo de niños frecuentemente expuestos a la televisión en este estudio pasaba frente a la pantalla una media de 67,4 minutos al día.

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Para hacernos una idea, un caso extremo lo podemos observar en los hijos de una pareja austriaca a la que quitaron la custodia por abandono infantil, al dejar a sus hijos todo el día atados en silletas frente a la televisión. El hijo mayor, de 4 años y medio, tenía «el nivel intelectual de un niño de dos años» y no podía hablar. Su hermana, de 3 años, fue encontrada con «graves problemas de desarrollo» e incapaz de andar. Evidentemente, éstos no eran efectos directos de la televisión, sino del tiempo que pasaron sin tener libertad de movimientos ni interactuar con otras personas.

En estas edades, ni siquiera productos que se anuncian como educativos o que prometen mejoras en el desarrollo infantil son capaces de competir con la interacción humana que se pierden los más pequeños con las nuevas tecnologías. Es el caso de Baby Einstein, cuyos responsables se vieron forzados a ofrecer devoluciones de dinero para evitar una demanda por publicidad engañosa. Un estudio científico demostró en 2010 que los niños que veían habitualmente estos videos «no mostraron una mayor comprensión de las palabras que aparecían en el programa que los niños que nunca lo habían visto», y que, por el contrario, el mejor desarrollo cognitivo lo mostraban aquellos que interactuaban más con sus padres.

Edad preescolar: comienzan a verse beneficios con contenidos de alta calidad

Conforme el desarrollo del niño avanza, especialmente en lo que se refiere al lenguaje, éste es capaz de empezar a captar lo que las pantallas le transmiten y de recibir ciertos beneficios, si el contenido multimedia que se le ofrece es de alta calidad. Una reciente revisión de estudios científicos realizada este año por investigadores canadienses, que incluye estudios sobre niños de hasta 5 años, señaló que estos estudios hallaron asociaciones positivas entre el visionado de programas infantiles y el desarrollo cognitivo en un 13%, mientras que las asociaciones negativas fueron del 8%. Es de suponer que el mayor impacto negativo se dio en los más pequeños y el positivo en los más mayores, que ya comienzan a adquirir vocabulario, interiorizar conceptos, aprender canciones, etc. Sin embargo, la misma revisión advierte que esto no ocurre con los programas generalistas para adultos, que, frente a una exigua cantidad de asociaciones positivas cifradas en el 3%, registraron un 25% de asociaciones negativas. Asimismo, en esta revisión de estudios, la lectura se erige como campeona indiscutible en el fomento del desarrollo cognitivo, con un 0% de asociaciones negativas frente a unas asociaciones positivas del 60%. Una vez más, no se debe a la actividad de la lectura en sí misma, sino a que es una actividad que se realiza con los padres o cuidadores (a estas edades, los niños no leen solos), y a los enormes beneficios que aporta la interacción con los adultos de referencia.

Por otra parte, el artículo de Bavelier, Green y Dye señala que se han encontrado asociaciones positivas entre el visionado de ciertos programas infantiles y un mayor vocabulario, expresividad y conocimiento de los números. Sin embargo, los científicos hacen hincapié en que no todos los programas infantiles causan los mismos efectos: estudios científicos han documentado beneficios cognitivos con programas como Barrio Sésamo o, más recientemente, con Dora la Exploradora; frente a otros programas como los Teletubbies, asociado con «una reducción en las habilidades lingüísticas».

Edad escolar: tecnologías sí, pero con cabeza

Los beneficios de las tecnologías son más palpables en la edad escolar, cuando los niños pueden beneficiarse de todo su potencial. El poder didáctico de las nuevas tecnologías queda fuera de toda duda cuando éstas se han introducido prácticamente en todas las aulas a través de ordenadores y pizarras digitales. Tradicionalmente, las nuevas tecnologías han sido empleadas en el aprendizaje de idiomas, por tratarse de un refuerzo para la adquisición de vocabulario (aunque no de gramática), como apuntan estudios científicos. Ahora, muchos son los docentes que recomiendan juegos didácticos relacionados con otras materias (lengua, matemáticas…), para aprovechar el incentivo que el uso de las nuevas tecnologías supone a los niños para fomentar su aprendizaje.

No podemos olvidar que el manejo de las nuevas tecnologías es una habilidad que nuestros hijos tendrán que dominar de cara a su futuro académico y laboral, así que el uso del ordenador en casa resulta muy práctico para adquirir destreza en este campo. Un artículo científico de 2009 atribuye al uso del ordenador por parte de los niños beneficios como la potenciación del desarrollo cognitivo y el rendimiento académico, la reducción de barreras para la interacción social, y la mejora del procesamiento visual y las habilidades motrices, entre otros. Pero no sólo las tecnologías que parecen prácticas pueden ser útiles, sino que también los videojuegos que a las familias pueden parecer una pérdida de tiempo reportan beneficios colaterales a los niños. Según el artículo de Bavelier, Green y Dye antes citado, y otro posterior de Oei y Patterson, los videojuegos de acción como Call of Duty, Medal of Honour, Counterstrike, Unreal potencian habilidades visuales, motoras y de atención básicas, llegando algunos usuarios de videojuegos de acción de entre 7 y 10 años a «funcionar a niveles adultos» en algunas medidas de atención.

Los videojuegos de acción potencian habilidades motoras y de atención básicas

En cualquier caso, no debemos olvidar que el tiempo que dedican los escolares a las pantallas lo restan principalmente de la interacción con padres y hermanos. Otras actividades que, según el mismo estudio de 2006, se ven perjudicadas son el juego creativo y los deberes. Por tanto, es muy importante el papel de las familias en la potenciación de una buena organización para que haya tiempo para todo y para que el tiempo dedicado a los dispositivos tecnológicos no ocupe más de la cuenta.

Los riesgos de la tecnología

Como contrapartida, la tecnología entraña ciertos riesgos. El principal es el aumento de la violencia, debido a la abundancia de contenidos violentos en la televisión y los videojuegos. La investigadora canadiense Pratibha Reebye, en un artículo científico sobre la agresividad infantil, comentaba que pasar mucho tiempo delante de la televisión potencia comportamientos y fantasías violentas, especialmente en los niños en edad preescolar, pero que este efecto se veía mermado si los niños ven los contenidos violentos con el acompañamiento de un adulto que los oriente.

Por su parte, al uso del ordenador, se le atribuyen riesgos como amenazas a la seguridad del niño, exposición a contenidos inapropiados y violentos, bullying, «adicción» a Internet, desplazamiento del tiempo dedicado a la actividad física moderada/vigorosa y al sueño, y problemas de visión, entre otros. No son muy diferentes a los que se atribuyen al resto de medios digitales. El mismo artículo apunta la necesidad de que los adultos marquen las pautas a seguir con el uso de ordenadores. Una revisión posterior aboga por un uso limitado para evitar el desplazamiento de otras actividades, además de la inclusión de contenidos y juegos no violentos, y actividades pro-sociales, como contacto con familiares y amigos, para evitar el aislamiento social.

Pero, ¿es la tecnología la culpable de todo lo que se le achaca?

Otros riesgos que se le han atribuido a las nuevas tecnologías pasan por la obesidad, distracción, problemas de sueño e incluso trastornos mentales. ¿Tan mala es la tecnología?

Algunos investigadores ya indican que, detrás del uso prolongado de la tecnología, se esconden en muchas ocasiones otras causas reales no tan evidentes. La clave nos la dan Bavelier, Green y Dye:

«El uso de la tecnología, en particular, tiene una alta correlación con otros factores que son fuertes predictores de malos resultados de comportamiento, lo que hace difícil desentrañar las causas reales de las observaciones. Por ejemplo, los niños que ven más la televisión también tienden a vivir en hogares con bajos recursos y tienden a tener madres con niveles de educación más bajos, ambos fuertes factores predictores de disminución de capacidades en varios campos. En un gran estudio sobre 800 niños, la exposición media a la televisión presentaba una fuerte correlación con bajas habilidades lingüísticas a los 3 años de edad cuando no se tenían en cuenta estos factores, pero cuando éstos (y muchos otros factores adicionales, algunos tan detallados como la duración de la lactancia materna) se controlaban, no se observó ninguna relación entre la exposición a la televisión y el desarrollo del lenguaje. Además, los niños que tienen problemas de atención pueden sentirse atraídos por la tecnología por la constante variedad de actividades que permite. De acuerdo con esto, la fuerza de la relación entre el uso de la tecnología y los trastornos de atención se reduce significativamente tras constatar si el niño padecía ya problemas de atención al inicio del estudio».

En este sentido, la Dra. Reebye no destaca la televisión como uno de los factores más influyentes en la agresividad infantil; de hecho, asegura que no todos los estudios llegan a la conclusión de que lo sea. Sin embargo, sí hace mayor hincapié en otros factores como la falta de un apego seguro, conflictos familiares o la exposición a la violencia en el mundo real (en casa o en el barrio).

Por otra parte, recordemos que los niños más pequeños no pueden ponerse solos la tele, ni acceder a un dispositivo móvil si nadie se lo suministra. Las familias que más recurren a las tecnologías para que sus hijos «no molesten» son, por tanto, las más susceptibles al comportamiento activo de los niños. Así pues, no es de extrañar que, en estos casos, sean más proclives a pensar que el niño tiene TDAH o algún trastorno de la conducta, llegando así a la profecía autocumplida de la que hablaba el trabajador social y psicoterapeuta Jeremy Fink.

En otro orden de cosas, si acusamos a las tecnologías de provocar obesidad por desplazar la realización de actividad física, podríamos acusar de lo mismo a otras actividades igual de sedentarias, como hacer deberes, y sin embargo los niños españoles son de los que más tiempo dedican a esta actividad, sin que exista una preocupación generalizada por la salud de los estudiantes.

¿Debemos entonces prohibirles la tecnología?

En conclusión, la tecnología en sí misma no supone un problema para nuestros hijos, el problema puede venir del uso que se haga de ella. Un mal uso o un abuso pueden tener nefastas consecuencias. Sin embargo, con el adecuado acompañamiento y orientación de las familias, podemos convertir a la tecnología en nuestra aliada de cara a su crecimiento personal. Un estudio concluyó que los riesgos a los que se enfrentan los niños y adolescentes de entre 10 y 15 años en Internet disminuyen con unos conocimientos adecuados y la mediación parental.

Prohibir la tecnología no es sólo perjudicial, es inútil. Sería como prohibirles montar en coche. Vivimos rodeados de tecnología, y más tarde o más temprano, la van a usar. Y mejor que sepan usarla con cabeza. Para ello, una vez más, nada mejor que tener el mejor modelo a seguir en casa. Ya se comentó anteriormente que la conducta de los padres ejerce una gran influencia sobre sus hijos en muy diversos ámbitos. Como no podía ser de otra manera, estudios científicos han puesto de manifiesto la relación entre el tiempo que pasan los padres ante la televisión y los dispositivos electrónicos con el tiempo que pasan sus hijos con los mismos aparatos. Seamos nosotros mismos, pues, lo que queremos que nuestros hijos sean.

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