¿Todo vale para que los niños coman solos?

038 todo vale para que coman solos 1Admitámoslo. Los niños pequeños necesitan ayuda para comer. Al menos, en la sociedad en la que vivimos. Por más que nos empeñemos en que aprendan a comer solos pronto porque nos han dicho que serán «más independientes», o, en el otro extremo, porque nos han hecho creer que ayudarles a comer equivale a forzarlos y empacharlos; su capacidad para comer solos y el ritmo que marca la sociedad son incompatibles. Los niños pequeños se cansan pronto de realizar tareas de forma continuada, y más todavía si la tarea requiere cierto esfuerzo y concentración, como comer con cubiertos. Dependiendo de la edad que tengan, pinchar un macarrón o coger una cucharada de yogur pueden ser arduas tareas. En muchos casos, lo dejan a las pocas cucharadas, cuando la primera sensación de hambre atroz ha desaparecido, y se van a hacer su vida de nuevo. Pero eso no significa que ya estén saciados, sino que se han aburrido o han preferido pasar a otra actividad que les divierta más. Este patrón de alimentación sería perfectamente válido si nuestro modo de vida fuera diferente, si la comida estuviera permanentemente disponible, si los niños se quedaran todo el día en el entorno familiar, en sociedades primitivas que hacen uso de frutas y plantas silvestres del entorno para alimentarse… Ya que, con el tiempo, va aumentando su capacidad de realizar esfuerzos, hasta que llega el momento en el que comen hasta que ya no les apetece más. Sin embargo, hoy día, muchos se quedan en la guardería o el colegio, donde hay unos horarios pautados; y, cuando entra hambre fuera de casa, en lugar de frutas o plantas silvestres, la mayoría de las veces sólo tenemos a mano kioscos de «chuches» o snacks procesados fáciles de transportar.

Volviendo a la hora de la comida, averiguar si un niño ha dejado de comer porque se ha cansado o porque no tiene más apetito es sumamente fácil: ofrécele tú la comida. Si el niño ha pinchado 3 macarrones y se ha ido, pincha tú el cuarto y dáselo. Si el niño abre la boca al ver que el macarrón se aproxima, indudablemente estaba cansado, y dentro de poco volverá a reclamar comida otra vez (y, si la comida ya se ha retirado, muy probablemente se recurrirá a «chuches» o similares). Así pues, para que el niño realice unas comidas saludables, pero al mismo tiempo pueda aguantar hasta la próxima «hora de comer» marcada por la sociedad, nada sería tan fácil como ayudarle a comer cuando se canse de hacerlo él. Sin embargo, en el afán de que se hagan «independientes» cuanto antes, se han generalizado diversas prácticas cuestionables, que, aunque pueden ser eficaces, causan más daños que beneficios:

1. Poner aditivos. Se trata de incentivar a los niños a comer, haciendo el plato más «sabroso». El ejemplo más típico es el del ketchup que se echa por encima de todo, incluso de alimentos que ya llevan bastantes potenciadores del sabor de por sí, como patatas fritas, salchichas o nuggets (que ya se eligen para que el niño coma más por sí solo). Quien dice ketchup, dice mayonesa. Y también lo encontramos en su versión dulce, cuando se echa azúcar a la fruta (que ya de por sí lleva azúcar) «para que se la coman». Incluso he llegado a ver nocilla untada en galletas.

Todos estos aditivos no hacen más que añadir las llamadas calorías «vacías» a la comida, ya que aportan escasos nutrientes valiosos. Y, lo más peligroso, influyen en la configuración de los gustos de los más pequeños. En primer lugar, el «disfraz» del ketchup (o del aditivo en cuestión) no permitirá a los niños disfrutar del sabor auténtico de los alimentos; en segundo lugar, se está promoviendo una preferencia por los sabores fuertes que, muy probablemente, permanezca hasta la edad adulta, con sus consiguientes problemas para la salud.

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Lo preocupante es que el uso del ketchup para animar a comer a los niños gozó de cierta aceptación, al menos hace unos años, tras la publicación en el año 2000 de un estudio que, bajo el título Pass the ketchup, please, afirmaba que los niños se animaban más a comer un alimento nuevo si venía acompañado de un sabor conocido. Artículos científicos posteriores incluso lo recomendaban como técnica para la introducción de nuevos alimentos. Sin embargo, un reciente estudio publicado en 2015 observó durante 6 meses la actitud de un grupo de niños de 1,5 a 4 años en un comedor holandés, a los que se ofrecieron verduras nuevas, con y sin ketchup, y la ingesta aumentó en todos los casos de forma persistente, independientemente de este factor. «Ofrecer sabores vegetales puros repetidamente es suficiente para aumentar la ingesta», concluyen.

Por otra parte, ya el propio estudio pro-ketchup del año 2000 advertía de que los supuestos efectos beneficiosos de esta salsa no servían para aumentar el consumo de comidas conocidas: «no se esperaba que la adición de la salsa conocida a la pieza de comida conocida incrementara la voluntad de comerla. Los resultados confirmaron esta predicción», afirman.

2. Ofrecer comida como premio, o privar de comida como castigo. Todos hemos escuchado alguna vez aquello de «si no te acabas el plato, te quedas sin postre». O, ahora que los castigos ya «no se llevan», el ofrecimiento de un premio con sólo darle la vuelta a la frase: «Acábate rápido las lentejas y podrás comer tarta de chocolate», o «come un poco más de comida y te echo más [marca de refresco gaseoso de naranja]». Como ya se comentó al hablar del sistema de recompensas de los métodos conductistas de modificación de conductas, en este caso, el problema reside en que, al señalar un alimento como premio, lo colocamos en lo alto de la escala de valores del niño, convirtiendo así en objeto de su deseo alimentos que no son precisamente los más recomendables.

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Y, como efecto colateral, con este sistema se reduce la preferencia del niño por el alimento que los padres quieren que coma. Un estudio realizado con niños de entre 4 y 7 años empleó dos alimentos que les gustaban por igual a cada niño, y se eligió uno como recompensa por comerse el otro. Al final del experimento, a los niños les gustaba más el alimento ofrecido como recompensa, y menos el alimento por cuya ingesta eran recompensados.

3. Dejar al niño sin comer. A todo el mundo le horroriza la idea de un niño «castigado sin comer», pero el conductismo mediático ha dado un lavado de cara a esta idea y ha conseguido que multitud de familias lo apliquen y además lo vean como un método civilizado y adecuado de modificación de conductas. La profesora de 4 años de mi hijo mayor nos explicó y recomendó el «método» sin tapujos en una reunión de padres, al hilo de los lamentos de los padres de una niña de aún 3 años que era muy lenta en comer sola: se trata de hacer comer al niño solo y en un tiempo determinado, fijado (arbitrariamente) por los padres, con la ayuda de un reloj de arena para que los niños «entiendan» el tiempo que les queda, recordándoselo de tanto en tanto, a medida que se va vaciando el reloj: «rápido, que se acaba el tiempo», «mira, te queda ya muy poco». Una vez finalizado el tiempo, se retira el plato, tal y como esté. Aunque esté lleno. Y no se da más comida al niño hasta la próxima hora de comer. «Ya veréis cómo después de varias veces se lo termina», decía, triunfante.

Y puede que el método en muchos casos sea efectivo, pero no es ético. Incluso los psicólogos partidarios de los castigos son contrarios a castigar con la comida: «comer y beber son necesidades básicas para su superviviencia, y no deben ser utilizadas como moneda de cambio. El niño, igual que con el cariño, tiene que tener la seguridad de que siempre tendrá su comida». Es cruel dejar a un niño pequeño con hambre durante varias horas por no haber sido capaz de comer por sí solo lo que nosotros queremos en el tiempo que nosotros queremos.

Pero aún hay más. Además de las consideraciones éticas, este método conductista, que parece cumplir sus propósitos en el corto plazo, tiene peligrosas implicaciones para la salud y la fijación de hábitos a largo plazo. Ya no sólo es la hipoglucemia momentánea a la que se somete al niño, o las consecuencias en su estado de ánimo (llantos, rabietas…) durante ese tiempo en el que siente hambre (y en el que, muchas veces, se les envía al cole y «que se apañe» la maestra); es que con nuestro comportamiento estamos inculcando la peligrosa idea de que no pasa nada por saltarse comidas, y que, por tanto, es lícito hacerlo. Este método es frecuentemente utilizado en el desayuno, una comida que los niños suelen hacer siempre con su familia, que les cuesta más por estar recién levantados, y para la que normalmente se dispone de un tiempo muy limitado. Una madre del colegio admitía ufana que más de una vez había enviado a su hija a clase sin desayunar por no hacerlo sola, «porque es que ya tiene 4 años». Sin embargo, saltarse el desayuno está asociado con el sobrepeso y la obesidad. Una revisión de 16 estudios publicada en 2010 concluía que «todos los estudios mostraron un incremento en el índice de masa corporal (IMC) entre quienes se saltaban el desayuno». «Los resultados de este análisis sugieren que desayunar está asociado a un riesgo reducido de padecer sobrepeso u obesidad y con una reducción del IMC en niños y adolescentes europeos», aseveran los investigadores.

En general, saltarse cualquier comida implica comer con más voracidad en la siguiente; por eso, la recomendación es realizar muchas comidas al día. Una revisión de 5 estudios sobre la frecuencia de las comidas de niños y adolescentes afirmaba que todos estos estudios constataron una reducción del riesgo de obesidad con un mayor número de comidas (en unos casos mayor que en otros). «Dada la consistente asociación de saltarse comidas con el aumento del riesgo de obesidad en los niños, parece prudente promover un patrón de comidas regular con 5 comidas al día con una composición adecuada para los niños y sus familias».

Y, además, con este sistema, se ve comprometido el ambiente emocional a la hora de comer. Según un estudio sobre las influencias de los padres en los hábitos alimenticios de los niños, «está demostrada la influencia del ambiente emocional en el que se desarrolla la comida». «El mensaje a los padres es que, si deseáis animar al niño a comer una comida en concreto, es contraproducente quejarse si la comida se queda sin comer; la negatividad reducirá, en lugar de aumentar, la probabilidad de su consumo en el futuro», concluyen, tras citar varios estudios científicos. Evidentemente, «castigar», «amenazar» o «anunciar “consecuencias”» pueden sustituir perfectamente a la palabra «quejarse».

4. Dejar al niño en el comedor. El comedor escolar es un buen recurso cuando a las familias les resulta imposible comer con sus hijos, por incompatibilidad de horarios o distancia. Sin embargo, muchas familias recurren a él como elemento pedagógico, para que los niños «aprendan a comer de todo» o «aprendan a comer solos». Este planteamiento, no obstante, tiene sus fallos, ya que, en este contexto escolar, la elección de lo que comen o dejan de comer viene influida por lo que ven comer a los compañeros, según apunta un artículo científico. Los niños se sienten atraídos a comer lo que ven comer a los demás, entendiéndose como «los demás» aquellas personas que comen con ellos, ya sean los padres, ya sean los niños del comedor. Y esto pesa más que cualquier explicación o charla sobre salud. De hecho, el propio artículo advierte que, en el contexto escolar, «el modelado entusiasta realizado por un profesor no resultaba tan efectivo cuando los niños se sentaban con compañeros que exhibían preferencias alimenticias distintas a sus profesores».

Puestos a elegir entre el modelo que le ofrecerán los compañeros y el que verá en casa, no nos resulta difícil adivinar qué modelo nutricional será mejor. Y aquí viene el segundo fallo del método para que aprendan a comer solos: si bien la calidad y saludabilidad de la comida de los comedores escolares españoles ha mejorado mucho en los últimos años, los últimos estudios realizados a pie de comedor ya constatan que hay elementos que sistemáticamente no se comen, principalmente la verdura. «El 70% de los niños a los que se les servía guarnición vegetal no se la comían», sentencia el estudio, realizado en comedores escolares de Vizcaya. Otro estudio, realizado con niños de unos 8 años en Londres, afirma que comer en familia aumenta el consumo de frutas y verduras de los niños.

Es decir, los niños comen solos sólo determinadas comidas, y quizá no las más recomendables. Pero… Un momento, ¿realmente comen solos? He aquí el fallo fundamental del método de dejar a los niños en el comedor para que aprendan a comer solos: que no funciona. En realidad, los niños que comen en el comedor solos y en cantidades aceptables son los que ya están listos madurativamente para hacerlo. De lo que no nos hablan los estudios, pero sí la práctica, es la cantidad de niños de 3 años a los que sus familias tienen que sacar del comedor porque no comen nada, y que en algunos casos llegan hasta incluso a perder peso. Y, entre los que se quedan, muchas veces es la mano providencial de la monitora la que impide que algunos de estos niños se vayan sin probar bocado; para alivio del hambre de los niños y frustración de las familias que esperan que sus hijos vuelvan a casa «enseñados a comer». En la clase de 4 años de mi hijo mayor, ya bien avanzado el curso, varias madres pedían por favor a la profesora que dijera a las monitoras del comedor que no ayudaran a sus hijos a comer, «porque luego en la cena me piden que se lo dé yo». Y es que, a fin de cuentas, las monitoras tienen su humanidad.

En resumen, si algo podemos hacer para que nuestros hijos coman solos, es tener paciencia. Por el camino, además de ayudarles cuando lo necesiten, ofrezcámosles unos modelos alimentarios adecuados. Pero no con teoría o metiéndolos a un comedor con «menú biosaludable», sino convirtiéndonos nosotros en su modelo. Son numerosos los estudios a lo largo de los últimos años (2001, 2004, 2013, 2014…) que confirman la influencia de lo que los hijos ven comer a sus padres sobre la ingesta y preferencias alimentarias de los hijos. Incluso, alguno de estos artículos recomienda explícitamente que se les ayude a comer, advirtiendo que los niños de 8 años comen más frutas y verduras si se les ayuda troceándoselas.

Así pues, ayudémosles lo necesario y ofrezcámosles unos modelos alimentarios adecuados para que, cuando tengan la madurez suficiente para comer solos hasta estar saciados, tengan una alimentación lo más saludable y equilibrada posible, algo que seguramente se vería comprometido si intentamos acelerar un proceso natural que ya culminará por sí solo.

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5 pensamientos en “¿Todo vale para que los niños coman solos?

  1. Comienzas el año a lo grande! Feliz año! Muchas gracias. En la web de la Asociación española de Pediatría https://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/nino_sano_3-5_anos.pdf están los hitos de desarrollo de niños sano, y aunque a los 4 años pone que es capaz de comer solo, no es hasta los 5 que pone “come solo”, por supuesto, como referencia. Lo comento porque a los de 3 (o menos años) los machaquen con imposiciones.

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    • ¡Feliz año para ti también! Muchas gracias por tus palabras y especialmente por la interesante y valiosa referencia. Es una prueba más de que muchas veces pedimos a los niños más de lo que ellos están madurativamente listos para hacer

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      • Otro punto de interés en lo que se refiere a la comida porque me he acordado del comentario de una amiga respecto de su sobrina de 2 años en la guardería, y como coge a sus muñecas o a ella misma apretándole la boca para que la abra y gritándole “come” y metiéndole la cuchara. Cuando era pequeña en el colegio era habitual que el director cogiera a algunos que no quisieran comer por el pescuezo (con el beneplácito de sus padres). Todo tácticas nada intimidatorias… y respetuosas.

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    • Lo de la guardería es de este tiempo… En su casa nadie coge a la niña y le aprieta las mejillas para que abra la boca, le grita “come” y le enchufa la cuchara…

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