3 medidas para «inmunizar» a los niños… y ninguna es llevarlos a la guardería

042 inmunización«Los niños se inmunizan en la guardería. Si no lo llevas, cuando entre al cole cogerá más enfermedades». Seguro que más de una vez habremos oído esta «perla» de la sabiduría popular, que, sin embargo, es una afirmación completamente falsa.

Los niños nacen con el sistema inmunitario completamente inmaduro. Durante el embarazo, reciben anticuerpos de la madre, que les permiten sobrevivir cuando son recién nacidos; si no, cualquier virus de poca monta podría suponerles un grave problema, o incluso la muerte. A partir de ahí, su sistema inmunitario va madurando poco a poco, hasta estar completamente desarrollado, en torno a los 5 años aproximadamente. Esto ocurrirá con independencia de la edad a la que escolaricemos al niño, o de su exposición a los virus durante la primera infancia.

Entonces, ¿por qué se dice que en las guarderías «se inmunizan» y que si no acuden a ellas luego enferman más?

Los niños, al igual que los adultos, enferman cuando entran en contacto con un virus; por eso, mientras permanecen en un ambiente familiar o en escaso contacto con otros niños, enferman muy poco. Sin embargo, cuando entran en ambientes como las guarderías o escuelas infantiles, donde conviven en espacios cerrados con multitud de niños con sistemas inmunitarios inmaduros y muy proclives a llevarse todo tipo de cosas a la boca, la cantidad de enfermedades que contraen se dispara. Esto ocurre tanto si se escolariza con 1 año, con 2 o con 3; pero con un matiz: cuanto más mayor sea el niño a su escolarización, menos virus contraerá y menos graves serán las enfermedades. Sin embargo, la percepción de la familia del niño que ha sido escolarizado más tarde será de alarma, por pasar repentinamente de tener pocas enfermedades a muchas; mientras que la familia del niño que fue escolarizado más pequeño será justo la contraria: como el «susto» ya se lo llevó antes, ahora celebrará encontrarse con las mismas o incluso menos enfermedades que al principio (dado que ya es más mayor y su sistema inmunitario es más maduro). Podemos imaginar una conversación entre las madres de ambos niños: «¡Uf, mi hijo ahora al entrar al cole se está poniendo más malito que nunca!». «Pues el mío, que viene de la guardería, lo lleva mucho mejor este año que el año pasado». Seguramente, los dos niños están enfermando en la misma proporción, aunque la percepción de las familias sea totalmente distinta; de ahí que quienes escolarizaron a su hijo antes piensen que «ya se ha inmunizado» gracias a la guardería, cuando lo que verdaderamente ha sucedido es que el niño que no fue a guardería simplemente se ahorró multitud de enfermedades durante ese tiempo.

La realidad: los pediatras desaconsejan llevar a menores de 2 años a la guardería por riesgos para su salud

A quienes nos recomienden la guardería para que nuestros hijos empiecen a coger enfermedades «cuanto antes» y así supuestamente «se inmunicen» pronto, debemos recordarles que la realidad y las recomendaciones de los profesionales son bien diferentes. La Asociación Española de Pediatría recomienda evitar la escolarización antes de los 2 años, siempre que sea posible, por el mayor riesgo de problemas de salud. Fuentes del organismo calculan que, como media, un niño que va a una escuela infantil padecerá diez procesos febriles al año (a los que habría que sumar las enfermedades que cursan sin fiebre).

042 guarderiaAdemás, la escolarización cada vez más precoz de los niños ha creado más problemas sanitarios que soluciones. La vacuna triple vírica (sarampión, rubeola y paperas) tuvo que ser adelantada prácticamente en todos los calendarios de vacunación españoles debido a los brotes de sarampión registrados en las guarderías, dado que la primera dosis se recibía a los 15 meses, pero se estaban detectando contagios en niños más pequeños ya escolarizados que carecían de inmunización. De este modo, las asociaciones sanitarias decidieron recomendar el adelanto de la primera dosis de los 15 a los 12 meses para «evitar los casos [de sarampión en niños] de 12 a 15 meses que se están produciendo por la transmisión del virus en las escuelas infantiles».

Por otra parte, la exposición precoz a los agentes infecciosos multiplica las posibilidades de que los niños muy pequeños reciban tratamiento con antibióticos. La exposición a bajas dosis de antibióticos en los primeros meses de vida puede provocar cambios duraderos en la microbiota intestinal y predisponer a la obesidad. Los estudios epidemiológicos de Ajslev et al. (2011), Murphy et al. (2013) y Trasande et al. (2013) hallaron relación entre la administración de antibióticos a menores de 6 y 12 meses, y un mayor peso en etapas posteriores de la infancia. Otro estudio de la Universidad de Nueva York, publicado en 2014, descubrió que la exposición a bajas dosis de antibióticos provocaba cambios duraderos en la microbiota de ratones. Hasta tal punto eran duraderos, que podían ser heredados por sus descendientes. El mismo estudio advierte que hace ya años que los ganaderos «exponen a los animales a bajas dosis de antibióticos para promover su crecimiento; cuanto antes empiece la exposición, más profundos son sus efectos (Cromwell, 2002; FDA, 2014)».

¿Y qué puedo hacer entonces para proteger a mi hijo de las enfermedades?

Desgraciadamente, no podemos evitar que nuestros hijos enfermen, ya que no podemos aislarlos de los virus (con la única excepción de las vacunas, que les protegerán de unos pocos, pero bastante peligrosos). En el caso de las enfermedades comunes, esto es especialmente cierto si no tenemos más remedio que dejarlos en la guardería, si tienen hermanos mayores escolarizados que traen habitualmente virus a casa, si comparten cuidador con otros niños… Sin embargo, sí podemos proporcionar refuerzos a su sistema inmunitario aún inmaduro, para que esté en óptimas condiciones y sea altamente efectivo a la hora de combatir a los virus. Es decir, no podemos evitar que los niños enfermen, pero sí podemos hacer que enfermen más levemente y que desarrollen menos complicaciones, como cuadros infecciosos (por ejemplo, neumonía y las famosas «itis»: bronquitis, bronquiolitis, otitis, sinusitis…). Podremos evitar estas complicaciones en gran medida con sólo potenciar estos 3 factores:

1. La lactancia materna. Como ya es bien sabido, a través de la leche materna, el niño recibe anticuerpos y bacterias de la madre, que refuerzan su sistema inmunitario inmaduro. Así, no sólo los bebés, sino también los niños amamantados presentan una menor incidencia de infecciones, según el estudio «The effects of breast-feeding on toddler health», realizado en niños mayores de 1 año y reseñado en DMedicina. La leche materna se convierte así en un probiótico natural para nuestros hijos, que además resulta muy potente en la lucha contra microorganismos no deseados. Incluso, un reciente estudio ha hallado que una proteína presente en la leche materna podría matar a las bacterias que han desarrollado resistencia a los medicamentos (conocidas como «superbacterias»).

042 lactancia maternaContrariamente a ciertas creencias populares, la leche materna no pierde sus propiedades con el paso del tiempo y sigue ejerciendo su papel protector más allá de los primeros meses de vida del niño. Así lo confirma la Asociación Española de Pediatría, que además señala que, a mayor duración de la lactancia, más beneficios para el lactante. Esto es especialmente válido para la protección contra enfermedades, ya que, según apunta la coordinadora del Comité de Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría (AEPED), Marta Díaz, «el sistema inmune de los humanos es inmaduro hasta los cinco años; le viene bien cualquier aporte que pueda recibir hasta esa edad».

Además, la lactancia materna también protege contra enfermedades del sistema digestivo (algunas de ellas, muy graves y con altos índices de mortalidad, como la enterocolitis necrotizante en prematuros). La leche materna ejerce un papel protector en caso de infecciones comunes como gastroenteritis (Hanson AL et al, 1985), y ayuda a la rehidratación, según contempla el libro de recomendaciones clínicas del National Collaborating Centre for Women’s and Children’s Health del Reino Unido. De hecho, un estudio realizado en niños con diarrea aguda en Bangladesh y citado en esta última publicación apunta que «la retirada de la lactancia materna durante la diarrea estuvo asociada a un riesgo de deshidratación cinco veces mayor en comparación con la continuación de la lactancia materna durante la diarrea».

2. La alimentación saludable. El sobrepeso y la obesidad son factores de riesgo para desarrollar infecciones. Según el estudio «Childhood Obesity: Immune Response and Nutritional Approaches», publicado en 2015, «la obesidad está asociada a un estado de inflamación sistemática (Shu CJ et al, 2012), por un lado, y a una inmunidad reducida (Falagas ME, Kompoti M, 2006), por otro lado». En este sentido, añade que, además de la propensión a las infecciones, «la evidencia científica ha demostrado que existe una correlación entre obesidad y asma infantil (Jensen ME et al, 2011; Lugogo NL, 1985), que a menudo es independiente de la sensibilización alérgica», y que «los individuos obesos fueron más susceptibles a la H1N1 influenza [gripe aviar] durante la pandemia de 2009 (Milner JJ, Beck MA, 2012)».

La desnutrición severa y la carencia de nutrientes esenciales predisponen a sufrir enfermedades infecciosas; esto es lógico. Pero, ¿por qué también tienen mayor riesgo de padecer infecciones quienes se encuentran en el otro extremo? El artículo científico «Fast food fever: reviewing the impacts of the Western diet on immunity» (2014), nos explica el papel que juegan las grasas que se acumulan en nuestro organismo (adipocitos) en la debilitación de nuestro sistema inmunitario:

Los adipocitos liberan sustancias inflamatorias, entre ellas la interleucina (IL-) 1, IL-6, y factor de necrosis tumoral (TNF) [7]. En modelos animales, parece que estas señales pueden actuar como falsas alarmas que, a lo largo de tiempo suficiente, y en cantidades suficientemente grandes, provocan que el sistema inmunitario en su conjunto reduzca su sensibilidad, algo análogo a lo que ocurre cuando una persona quita las pilas de un detector de humos molesto cuya alarma salta frecuentemente cuando no hay señales de que se esté produciendo un incendio [7,8]. Cuando llega una infección real, la respuesta puede retrasarse porque el sistema de detección precoz ha sido silenciado (al igual que desactivar ese detector de humos deja la vivienda más susceptible a sufrir un incendio) [7]. Aunque no hay verificación en humanos, este concepto no es único a la inmunidad, por ejemplo, las personas que abusan de los esteroides anabolizantes reducen sus respuestas a los esteroides [9], mientras que quienes abusan del opio reducen sus respuestas innatas a los opiáceos [10]».

Por si esto fuera poco, el artículo añade que «los individuos obesos tienen menos glóbulos blancos para luchar contra las infecciones y los glóbulos blancos que poseen tienen una capacidad fagocitaria reducida (Nieman DC et al, 1999; Ghanim H et al, 2004)».

Un estudio recién publicado en 2016, y realizado con niños de entre 7 y 18 años con obesidad no mórbida, profundiza en las causas de estas deficiencias inmunitarias, y apunta a un desequilibrio nutricional: «el estudio halló niveles inadecuados en la ingesta de hierro (73% de la cantidad diaria recomendada, CDR), vitamina C (65% de la CDR) y vitamina D (11% de la CDR), teniendo en cuenta los valores medios para el grupo del estudio entero. La ingesta media diaria de otros nutrientes excedía los valores recomendados. La dieta de los participantes en este estudio no estaba adecuadamente equilibrada con respecto a los inmunomoduladores, lo que puede contribuir a la aparición de trastornos inmunológicos e inmunodeficiencia en este grupo de pacientes». No es descabellado pensar que este desequilibrio nutricional, fruto de una alimentación poco saludable, también podría tener efectos adversos en niños no obesos.

042 obesidad infantilLa obesidad y el sobrepeso en los niños son problemas más acuciantes de lo que parece. Nada más y nada menos que un 43% de los niños tiene problemas de exceso de peso en España, según el Estudio Aladino más reciente (2013), que, tras estudiar a 3.426 niños y niñas de 7 y 8 años, cifra en un 24,6% la prevalencia de sobrepeso y un 18,4% la de obesidad. Otro estudio reciente eleva el porcentaje de niños con exceso de peso al 45% si se examina la franja de edad comprendida entre los 8 y los 13 años.

Hay muchos partidarios de los suplementos, complejos vitamínicos y otros productos para «subir las defensas», intentando  paliar con ellos el desequilibrio que afecta al sistema inmune. Sin embargo, y dada la prevalencia de sobrepeso y obesidad, el ya citado artículo científico «Fast Food Fever» advierte: «A pesar de las promesas, parece también improbable que los suplementos sintéticos o los probióticos sean capaces de contrarrestar completamente el daño de nuestras elecciones dietéticas, y mucho menos de deshacerlo, si no están acompañados de cambios en el estilo de vida».

3. El bienestar emocional. Ya se comentó anteriormente que el bienestar emocional del niño es fundamental para su óptimo desarrollo cognitivo y emocional, según un informe del Centro sobre el Niño en Desarrollo de la Universidad de Harvard. Además, para que su sistema inmunitario funcione lo mejor posible, el niño tiene que encontrarse anímicamente bien. No obstante, igual que no se puede evitar que los niños contraigan enfermedades, tampoco se puede evitar que sufran. Sin embargo, existe un matiz importante: el apoyo emocional que los adultos de referencia proporcionan a los niños marca la diferencia entre un nivel de estrés tolerable y el llamado estrés tóxico, según los mismos especialistas de la Universidad de Harvard. Estos expertos afirman que el estrés tóxico está «asociado con una activación fuerte y prolongada de los sistemas corporales de gestión del estrés, en ausencia de la protección, amortiguación y apoyo de los adultos». «El rasgo esencial del estrés tóxico es la ausencia de relaciones consistentes de apoyo que ayuden al niño a afrontar la situación y, por tanto, a reducir la respuesta fisiológica a la amenaza hasta sus niveles iniciales», recalcan.

Los científicos añaden que este estrés tóxico, al igual que la obesidad, podría también poner constantemente en alerta al sistema inmunitario, que, para evitar ponerse en marcha por una «falsa alarma», reduciría su sensibilidad, lo que se traduce en un riesgo más alto de complicaciones sanitarias. Los expertos de Harvard lo explican así:

«La estimulación continuada del sistema de respuesta al estrés también puede afectar al sistema inmune y otros mecanismos reguladores del metabolismo, lo que conlleva la fijación de un umbral de activación más bajo durante toda la vida. Como resultado, los niños que sufren estrés tóxico en la primera infancia pueden desarrollar para toda la vida una mayor susceptibilidad a enfermedades físicas relacionadas con el estrés (como enfermedades cardiovasculares, hipertensión y diabetes), así como problemas de salud mental (como depresión, trastornos de ansiedad y adicciones). Son también más propensos a mostrar comportamientos perjudiciales para la salud y adoptar formas de vida en la edad adulta que atentan contra el bienestar».

El malestar emocional y el estrés influyen negativamente en el funcionamiento del organismo, no sólo en la infancia, sino en la edad adulta. Del estudio de estas relaciones se ocupa la psiconeuroinmunología. Numerosos estudios demuestran que las situaciones anímicas adversas bajan las defensas y predisponen a que los problemas de salud se compliquen. Por eso, entre otras muchas razones, es tan importante que los niños reciban el apoyo emocional de sus padres o adultos de referencia.

Algunas de las situaciones más típicas en las que surge el estrés tóxico en los niños son, según los investigadores de Harvard, «la pobreza extrema, en confluencia con un continuo caos familiar, maltrato físico o emocional continuado, abandono crónico, depresión materna grave y duradera, adicción persistente de alguno de los padres, o exposición repetida a la violencia en la comunidad o dentro de la familia». Sin llegar a estos extremos, existen situaciones más cotidianas en las que el niño puede sentirse mal y no encontrar el apoyo emocional que necesita. Por ejemplo, acudir diariamente a una guardería o escuela infantil, cuando aún no está preparado madurativamente para separarse de sus adultos de referencia, y donde probablemente no recibe el apoyo emocional que necesita, bien porque los cuidadores tienen muchos niños a su cargo y les es materialmente imposible, o bien porque, como en algunos casos (afortunadamente, pocos), directamente se les ignora.

042 guarderia2He aquí la realidad de los efectos de las guarderías sobre el sistema inmunitario. No sólo reúnen las características físicas idóneas para que se contraigan enfermedades (espacios cerrados, muchos niños con sistemas inmunitarios inmaduros juntos, objetos que se chupan…), sino que, además, en muchos niños crean las condiciones emocionales idóneas para que las defensas bajen y las enfermedades se acentúen. Es por esto que a menudo constatamos que los niños que peor lo pasan al acudir a la guardería son también los que más enferman, y que, cuando ya «se adaptan» emocionalmente, tienen mejor salud (algo que con frecuencia también se asocia erróneamente al socorrido «eso es que ya se ha inmunizado»).

Si, con todo, debemos dejar a nuestro hijo en la guardería, tendremos que valorar si lo está pasando mal y, en ese caso, compensar las ausencias en casa, pasando el máximo tiempo posible juntos, proporcionándole mucho contacto físico, participando en sus juegos… Para así darle el apoyo emocional que evita el perjudicial estrés tóxico y lo transforma en un estrés tolerable, que pasará sin mayores consecuencias.

Los mejores cimientos para una vida saludable

Cuidando estos 3 factores, podemos asegurarnos no sólo de que el niño hará frente a las enfermedades actuales de la mejor forma posible, sino también de estar poniendo los mejores cimientos para garantizar su salud en el futuro. La lactancia materna, aunque acabe en la primera infancia, tiene efectos que duran toda la vida, e incluso influye en los otros dos factores: está demostrado que los niños amamantados tienen menor predisposición al sobrepeso y la obesidad (Yamakawa et al, 2013; Arenz et al, 2004) y que gozan de una mejor salud emocional a lo largo de su vida. Llevar en la infancia una alimentación saludable y tener un modelo en casa configuran los gustos de cara a la edad adulta. Y contar con un sólido apoyo emocional en la infancia ayuda a gestionar mejor los problemas en un futuro.

Estos 3 factores tienen efectos duraderos, incluso cuando los niños crecen y mantenerlos ya no está directamente en manos de los padres. Sentar estas bases y proporcionar un modelo saludable les ayudará también a tomar las decisiones correctas cuando, con la edad, entren en juego otros factores (mantenerse activo físicamente, dormir las horas suficientes, evitar el consumo de tabaco, alcohol y otras sustancias adictivas perjudiciales…). Así pues, vivamos una vida saludable nosotros mismos y cuidaremos de la salud presente y futura de nuestros hijos.

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5 pensamientos en “3 medidas para «inmunizar» a los niños… y ninguna es llevarlos a la guardería

      • Hola Raquel. Tienes toda la razón en que esa misma asociación ha incurrido en prácticas deshonestas. También hace unos años incluyeron publicidad de una marca de leche artificial en una de sus publicaciones.

        Sin embargo, el documento sobre la lactancia materna prolongada es fiable y riguroso, ya que está basado en numerosos estudios científicos, que están reseñados en el propio texto. Si quieres, no te quedes con lo que dicen ellos y ve a las fuentes directamente.

        Las demás referencias a la AEPED en este texto también pueden ser corroboradas con otros estudios científicos:

        – Infectious disease burden related to child day care in the Netherlands. Churchill RB1, Pickering LK (2013)
        http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/23584578

        Este estudio señala que los niños de 0 a 2 años contraen el doble de infecciones que los niños de 2 a 4 años cuando van a la guardería. También analiza la carga económica que supone este “exceso de infecciones”.

        – Infection control challenges in child-care centers. Churchill RB1, Pickering LK (1997)
        http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/9187951

        En este estudio se describía el mayor número y mayor variedad de infecciones contraídas por los niños pequeños que acudían a las guarderías, por lo que se planteaba el desarrollo de nuevas vacunas para proteger a los niños de más agentes patógenos (y, efectivamente, desde entonces hasta ahora se han introducido muchas nuevas vacunas en el calendario).

        – Immune system development during early childhood in tropical Latin America: Evidence for the age-dependent down regulation of the innate immune response. Rommy Teran et al. (2011)
        http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3043252/

        Este estudio afirma textualmente: “los hallazgos demuestran que el desarrollo del sistema inmunitario continúa hasta al menos los 5 años, como indican los crecientes porcentajes de linfocitos de memoria CD4+ y CD8+ y los decrecientes porcentajes de linfocitos CD4+ inmaduros”.

        Lamento que la AEPED ya no merezca tu confianza por sus prácticas mercantilistas. Estas prácticas son doblemente condenables, por la práctica en sí, y por el descrédito que dan a la institución, que en muchos otros casos sí ofrece información fiable, rigurosa y basada en la evidencia científica, como la que se cita en este artículo. Prueba de ello es que existen artículos científicos que respaldan sus afirmaciones. Es una lástima que a veces sucumban a los intereses económicos, porque tienen a sus espaldas una gran labor de difusión de información seria y contrastada (como la que ofrece sobre lactancia materna, por ejemplo) que ahora se está poniendo en tela de juicio.

        Un saludo.

        Me gusta

  1. La aspciacion espanola de pediatria tambien recomienda ( e incluso ha cedido su logo en el packaging) las galletas Dinosaurus. Asi que honestamente dudo muchisimo de la seriedad de la asociacion por lo que sus recomendaciones han perdido, para mi, toda credibilidad

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    • Hola Raquel. Tienes toda la razón en que esa misma asociación ha incurrido en prácticas deshonestas. También hace unos años incluyeron publicidad de una marca de leche artificial en una de sus publicaciones.

      Sin embargo, el documento sobre la lactancia materna prolongada es fiable y riguroso, ya que está basado en numerosos estudios científicos, que están reseñados en el propio texto. Si quieres, no te quedes con lo que dicen ellos y ve a las fuentes directamente.

      Las demás referencias a la AEPED en este texto también pueden ser corroboradas con otros estudios científicos:

      – Infectious disease burden related to child day care in the Netherlands. Churchill RB1, Pickering LK (2013)
      http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/23584578

      Este estudio señala que los niños de 0 a 2 años contraen el doble de infecciones que los niños de 2 a 4 años cuando van a la guardería. También analiza la carga económica que supone este “exceso de infecciones”.

      – Infection control challenges in child-care centers. Churchill RB1, Pickering LK (1997)
      http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/9187951

      En este estudio se describía el mayor número y mayor variedad de infecciones contraídas por los niños pequeños que acudían a las guarderías, por lo que se planteaba el desarrollo de nuevas vacunas para proteger a los niños de más agentes patógenos (y, efectivamente, desde entonces hasta ahora se han introducido muchas nuevas vacunas en el calendario).

      – Immune system development during early childhood in tropical Latin America: Evidence for the age-dependent down regulation of the innate immune response. Rommy Teran et al. (2011)
      http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3043252/

      Este estudio afirma textualmente: “los hallazgos demuestran que el desarrollo del sistema inmunitario continúa hasta al menos los 5 años, como indican los crecientes porcentajes de linfocitos de memoria CD4+ y CD8+ y los decrecientes porcentajes de linfocitos CD4+ inmaduros”.

      Lamento que la AEPED ya no merezca tu confianza por sus prácticas mercantilistas. Estas prácticas son doblemente condenables, por la práctica en sí, y por el descrédito que dan a la institución, que en muchos otros casos sí ofrece información fiable, rigurosa y basada en la evidencia científica, como la que se cita en este artículo. Prueba de ello es que existen artículos científicos que respaldan sus afirmaciones. Es una lástima que a veces sucumban a los intereses económicos, porque tienen a sus espaldas una gran labor de difusión de información seria y contrastada (como la que ofrece sobre lactancia materna, por ejemplo) que ahora se está poniendo en tela de juicio.

      Un saludo.

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