Hace 4 años que te quisieron etiquetar con autismo…

dejemosles-crecerQuerido hijo:

Dentro de poco cumples 7 años. Cuando te veo esperar con ilusión tu fiesta de cumpleaños, planificar todos los detalles, hacer la lista de invitados, desear que vengan todos tus amigos, soy tremendamente feliz. También cuando te veo correr detrás de tus amigos al salir del cole, cuando me cuentas cosas que has hecho a lo largo del día, cuando charlas animadamente con compañeros, cuando veo lo bien que llevas los estudios, cuando me pides ir a casa de un amigo, cuando hablas de mundos fantásticos, cuando pasas largos ratos inventando historias con tu hermano… Te preguntarás por qué me alegra tanto ver que haces cosas totalmente normales para un niño de tu edad. Sencillamente porque, en algún momento, me hicieron creer que esto nunca ocurriría.

Por difícil de creer que te parezca ahora mismo, hace unos años, un puñado de personas que habían estudiado cómo deben ser los niños pensaban que tú nunca podrías ser como eres hoy por ti mismo, que nunca podrías hacer lo mismo que otros sin ayuda, que cada día estarías «más lejos». Muchas de estas personas intentaron convencerme de que tenías un trastorno, e hicieron grandes esfuerzos para que estampara en un papel la firma que te separaba de un diagnóstico de autismo. Cada día estoy más contenta de no haberlo hecho.

Pero empecemos desde el principio. Fuiste un niño muy buscado y deseado. Ya en la ecografía de los 3 meses no había lugar a dudas de que serías un chico. A los 4 meses de embarazo, una enfermera que debía de haber visto muchísimas ecografías se asombraba de lo nítidamente que se distinguían tus genitales. En aquellos momentos, yo ni me imaginaba que aquello era un signo de alta testosterona prenatal y que iba a marcar tu vida y tu desarrollo de una forma tan intensa.

Naciste, y mi mundo se iluminó. Poco me importaban a mí las tablas de los hitos del desarrollo. La verdad es que llegabas tarde a todo, pero dentro del rango de normalidad. Tardaste en levantar la cabeza, en sentarte… Te soltaste a andar pasados los 15 meses. Más adelante, también llegarías tarde a hablar y a controlar esfínteres. «Lento, pero seguro», solía decir yo.

A medida que ibas creciendo, me iba dando cuenta de que no eras un niño precisamente sociable. Con un año, no te llamaban la atención en absoluto los otros niños. Incluso te daban bastante igual los que venían a buscarte a ti. Preferías explorar y manipular objetos. Por no hablar de buscar y rebuscar en los cajones, eras de los que no paraba hasta ver lo que había en el fondo. En todo esto eras idéntico a tu padre, y también a uno de tus primos. Recuerdo que, cuando le contaba alguna de tus «hazañas» a tu abuela paterna, ella siempre me contaba de vuelta una historia de tu padre haciendo prácticamente lo mismo. Lo consideré como un rasgo familiar, no como un signo de preocupación.

En tu primera infancia, tampoco eras especialmente expresivo. Llamaba la atención tu cara seria mientras hacías cosas con las que te divertías, como subirte a las atracciones de la feria o tirarte por un tobogán. No señalabas ni solías compartir tus sentimientos. Tampoco lo pasabas mal en las separaciones; pese a mis miedos cuando fui a tener a tu hermano o en tu primer día de cole, llevaste ambos acontecimientos bastante bien. Yo solía definirte como emocionalmente independiente.

Desde muy pequeño sentiste una gran fascinación por las letras y los números. Cuando cumpliste los dos años, cayó en tus manos un panel de goma eva con los números. No tardaste en hacértelo completo y en saberte todos sus nombres. Algunas mañanas te despertabas hablando de ellos aún en tu cama. En vista del éxito, pronto llegó otro panel con las letras. Igualmente, no tardaste mucho en distinguirlas. Ambos fueron tus juguetes favoritos durante mucho tiempo. ¿Quién se iba a imaginar que algunos podrían considerar eso como algo malo?

En definitiva, así eras tú. Así era tu forma de ser. En casa lo veíamos así y nunca consideramos que hubiera ningún problema en ello. Tampoco los abuelos ni la familia extendida. Todos éramos felices, hasta que terceras personas irrumpieron en nuestra vida.

En septiembre de 2012 empezaste el cole. Ni siquiera habías cumplido 3 años, eras de los más pequeños de la clase, aún no controlabas esfínteres, hacía poco que habías tenido un hermanito pequeño y, aprovechando que yo lo estaba cuidando en casa, también me quedé cuidando de ti y no te había llevado a la guardería. Tú ibas encantado al cole, tanto que no llegaste a llorar nunca por ir; al contrario, el primer día festivo que hubo en ese curso, lloraste por no ir. Sin embargo, en el cole no estaban tan contentos. A primeros de octubre (cuando todavía seguías sin haber cumplido los 3 años), tu tutora quiso hablar conmigo y me llamó la atención sobre ciertos comportamientos tuyos. Me dijo que te costaba adquirir las rutinas, que molestabas a los compañeros, que no le respondías cuando se dirigía a ti, que a veces parecía que no escuchabas, que preferías jugar solo… Otras de sus quejas me llenaron de asombro: estaba preocupada porque algún día, a la hora de salir al patio, le pediste que te llevara de la mano; y porque, el primer día que te castigó, pensaste que era un juego y tardaste un rato en comprender que era algo malo. Normal, por otra parte, cuando nunca antes te han castigado.

Sin embargo, por entonces yo no tenía las cosas tan claras como hoy. De hecho, no tenía claro nada en absoluto, todo era nuevo para mí. Aquel día, aquella profesora tuya me inyectó el veneno de la preocupación. Y, en ese momento, empecé a cambiar mis expectativas respecto a ti. Y empecé a buscar en Internet, donde comenzaban a asomar las palabras Trastorno del Espectro Autista. Con todo, lo peor estaba por llegar.

Un buen día, la tutora me dijo que la orientadora del colegio quería hablar conmigo. Me dijo que quería darme «unas pautas» y mencionó el control de esfínteres, nuestro principal caballo de batalla por esas fechas. Yo pensaba que sería una visita de mero trámite y cosa de no más de diez minutos. Tanto es así que incluso acudí con tu hermanito de 6 meses a cuestas en la mochila. Craso error. Era una encerrona.

Como si lo hubiera escrito el guionista de un telefilm de serie B, la cita con la orientadora fue el día de tu cumpleaños. Y, ese mismo día en que cumplías 3 años, y cogiéndome totalmente desprevenida y desarmada, la orientadora empezó a disparar «síntomas» como si de una ametralladora se tratara: «tu hijo no mantiene el contacto visual, no responde cuando lo llamas, no tiene una interacción normal con los compañeros, no hace juego simbólico [y un montón de cosas amontonadas una detrás de otra, de las que ahora no me acuerdo]… Y todo eso son síntomas de Trastorno del Espectro Autista».

Yo no pude articular palabra. Me abracé a tu hermanito bebé y rompí a llorar. No podía parar. «Llora si lo necesitas, porque es muy duro», me decía ella mientras tanto.

«¿No había nada que te hiciera sospechar? ¿Por qué pensabas que no te responde cuando le hablas?», me preguntó en algún momento. «Porque tenía cosas más interesantes en las que pensar», le dije, entre lágrimas. Y era cierto, yo nunca había sospechado que pasara nada extraño. Nunca te había comparado a nadie ni mirado tablas. Eras así porque así eras tú.

En ese momento, sacó la autorización que teníamos que firmar para someterte a una evaluación psicopedagógica que determinara qué trastorno tenías en concreto. Y añadió que, como es un proceso que tarda mucho, también podíamos ir firmando la solicitud de refuerzos de Pedagogía Terapéutica (PT) y Audición y Lenguaje (AL). La evaluación aún ni había empezado, pero ella ya tenía claro que los ibas a necesitar: ya te había sentenciado.

documento-editado001documento-editado002Volví a casa en mitad de la confusión y de un mar de lágrimas. Mientras yo ya empezaba a sugestionarme con las palabras de la orientadora, tu papá fue en este caso el que mantuvo la cabeza fría y, sin un atisbo de duda, dijo que todavía eras muy pequeño y que había que darte tiempo, ya que se veía reflejado en ti. Y es que tu papá, de pequeño, también se tomó su tiempo en madurar, ¿sabes? ¿A que no te lo habrías imaginado? Sin embargo, para cuando él empezó a ir al cole, a los 5 años y medio, ya no se notaba nada, nada.

Ese día, mientras tú salías del cole radiante de felicidad, con tu corona de cumpleaños, tu profesora me recomendaba que aceptara lo que la orientadora me había propuesto y que tomara la decisión pensando en «lo mejor para el niño».

A la mañana siguiente, cuando te despertaste, me metí en tu cama contigo como todos los días. Mientras interactuábamos, me mirabas fijamente a los ojos. En ese preciso momento, tu mirada me hizo ver la luz: Tú no eras esa persona que la orientadora me había descrito. Tú sí mirabas a los ojos; al menos, a mí. Hacías juego simbólico cuando imitabas a tu papá haciendo el bizcocho de tu cumple. Atendías a lo que se te decía cuando te interesaba. Quizá había que observarte mucho para descubrir que esas cosas estaban ahí, pero estaban presentes, y cada vez más; aunque pasaran inadvertidas en las breves visitas de la orientadora a clase o cuando la tutora te miraba junto a 24 niños más (casi todos mayores que tú, algunos casi un año).

Nos negamos a la evaluación. La decisión no gustó en el colegio. La orientadora incluso me llamó por teléfono para convencerme y empezó a «regatear», diciendo que a lo mejor salía que no tenías nada, o que seguramente serías de alto funcionamiento y podrías hacer vida normal. Finalmente, me hicieron firmar por escrito que rechazaba la evaluación bajo mi responsabilidad. Al poco tiempo, mantuve una reunión con la directora del colegio por cuestiones de tu control de esfínteres, y en ella me llegó a decir que el hecho de que todavía no fueras capaz de ir al baño todas las veces una vez cumplidos los 3 años era síntoma de que existía un trastorno neurológico. Al mismo tiempo, me dijo que, si firmábamos esa autorización que habíamos rechazado, se te permitiría acudir al colegio con pañal y, además, se garantizaría que habría una persona para cambiártelo. Resulta muy indignante que algo que debería estar normalizado en el primer año de colegio para todos los alumnos (en especial, los más pequeños) quede condicionado a un diagnóstico psiquiátrico. Por fortuna, este mecanismo de presión fue inútil: aunque aún no lo sabía, tú ya controlabas esfínteres. Como si tuvieras un sexto sentido, nunca más volviste a hacerte nada encima después de mi reunión con la directora. Aún recuerdo su cara de estupefacción cuando le pregunté si tenía algo de malo que prefirieras jugar solo, intentando explicarle que algunas cosas de las que se quejaban quizá eran parte de tu forma de ser.

Para cuando acabó el curso, habías avanzado un montón, y es que 9 meses dan para mucho. Sin embargo, tu maestra prefirió decirnos que no habías avanzado «nada» y que reconsideráramos la propuesta que nos habían hecho a principios de curso. Si hubiera sido correcta, habría dicho que todavía ibas muy por detrás de los compañeros, la mayoría de los cuales, por cierto, eran bastante más mayores que tú. Es cierto que acabaste el curso sin escribir tu nombre, como se esperaba, y que detestabas las fichas de colorear. Pero tu avances eran innegables. Y eso yo, que te observaba de forma exhaustiva y aislada, lo veía muy claramente.

Al acabar ese curso de Infantil 3 años surgió la oportunidad de cambiarte de colegio. En vista de la hostilidad encontrada, especialmente por parte de la directora, no nos lo pensamos. Tendrías un nuevo comienzo en un nuevo colegio. Nuevo tortazo que nos pegamos: la profesora que te tocó este año era mucho más estricta y expeditiva que la del anterior.

Tu nueva maestra era una apasionada del conductismo y tenía unas expectativas muy altas respecto a vuestro comportamiento: quería que todos os comportárais en todo momento de acuerdo con las normas y convenciones establecidas por los adultos, y además por iniciativa propia. Tenía fe en conseguirlo simplemente con sistemas de recompensas (pegatinas). Por supuesto, esperar eso en una clase de Infantil 4 años es poco realista, y las consecuencias no tardaron en hacerse evidentes: además de que ella misma se sentía desbordada, muchos niños empezaron a tener problemas, incluso los que nunca habían resultado conflictivos. Ella os atribuía a vosotros la responsabilidad, y a nosotros nos solía decir en las reuniones de padres que érais «la peor clase» de todo el ciclo de Infantil.

Ni que decir tiene que un niño como tú rompía todos sus esquemas. En una reunión inicial que mantuvimos ya me preguntaba si tenías problemas de audición, porque muchas veces no le hacías caso. Pasaron los días, en los que te ganabas pocas pegatinas (cosa que no parecía importarte demasiado) y en los que yo recibía quejas constantes sobre tu comportamiento a la salida de clase, hasta que en noviembre tu tutora nos convocó a una reunión a tu papá y a mí, y nos puso delante (de nuevo) la consabida hojita de autorización para hacerte una evaluación psicopedagógica, que por supuesto rechazamos firmar. Esta vez no se habló de TEA, pero sí de unas presuntas necesidades que requerían de atención, y, otra vez, de que tomáramos la decisión pensando en «lo mejor para el niño». De poco sirvió que le habláramos de tu inmadurez, de que estabas haciendo progresos, de que tu «oído selectivo» era algo voluntario y no debido a una incapacidad, de que habías nacido a final de año… Ella ya tenía la decisión tomada, y lo que no sabíamos en ese momento es que iba a hacer todo lo posible para conseguir su propósito.

A partir de ahí empezaron las presiones. La tutora inició una estrategia de acoso y derribo para que firmáramos la autorización. Primero sometió tu conducta a un seguimiento exhaustivo diario, desglosado en 6 ítems, y para lograr la pegatina del día debías conseguir al menos 4. Este sistema no era más que una forma de poner bajo la lupa a niños inmaduros, con problemas familiares…, y sólo servía para amplificar los problemas (y, de paso, para ejercer presión sobre los padres):

Seguimiento exhaustivo diario de las conductas en preescolar

Seguimiento exhaustivo diario de las conductas en preescolar

Lo siguiente fue utilizar el boletín de final de trimestre como instrumento coercitivo. En él, me entregó una evaluación que se correspondía más con tu hermano de 18 meses que contigo. De los 28 ítems, presuntamente sólo habías conseguido 2. Conocimientos que tú tenías (algunos de ellos, de conceptos tan básicos como formas y colores), y que incluso la tutora del año anterior te dio como adquiridos, para ella no estaban presentes. Cerraba el boletín una nota suya en la que recomendaba encarecidamente una evaluación psicopedagógica. Tus trabajos venían llenos de notitas: «Hoy no ha querido trabajar», «Ha estado 20 minutos sin hacer nada y no ha comenzado la ficha hasta que no le he dicho que trabaje»… Más tarde, averigüé en foros de maestros que estas notas son otro instrumento para presionar a familias que muestran resistencia.

Pedí una reunión para reclamar explicaciones. La tutora acudió con otro de tus profes para intentar convencerme de que era necesaria la evaluación. Aquel día tuve que escuchar bastantes «perlas», como que, si un día identificabas un color pero al día siguiente no contestabas a la pregunta, es posible que se te hubiera olvidado; que si yo no tenía una carrera relacionada con la educación ni con la sanidad, no podía saber lo que te pasaba en realidad; que si me creía que sabía más que las personas que habían estudiado; que si no te sometíamos a intervención, cada vez estarías más lejos, hasta llegar a repetir curso cuando pasaras a Primaria… Lo único positivo que me llevé de aquella reunión fue que, esta vez, los dos descartaron que fueras un niño de «dictamen»; es decir, que tuvieras TEA u otro trastorno grave. El año anterior, sí te habían considerado como tal. Con lo cual, aplicando una visión global, se podía considerar que estabas madurando, que avanzabas en la dirección correcta. «El año que viene ya no tendrá nada», bromeaba tu padre.

A petición de tu tutora y del profesor de apoyo, fui a ver a la orientadora (con cierto miedo, para qué negarlo). Sin embargo, a partir de ahí, nuestra suerte empezó a cambiar. Lo que me encontré fue totalmente distinto a lo que había visto hasta el momento. Fue un rayo de esperanza en medio de toda la negatividad. Tras quedarse atónita con todo lo que me habían dicho, ella misma descartó la necesidad de hacer una evaluación psicopedagógica, ya que, a la vista de lo que tanto la tutora como yo le habíamos contado, se te podía considerar un niño con una «actitud cómoda», pero poco más. En vista de su predisposición, me atreví a sincerarme y le conté toda nuestra historia, y ella me respondió con unas palabras que se quedaron grabadas en mi mente para siempre:

«Muchas veces, los rasgos de inmadurez se confunden con síntomas de autismo».

Entretanto, la tutora recrudeció su actitud. Tú ibas madurando, eras completamente verbal (de hecho, me ibas contando conflictos que tenías en clase con la tutora y decías claramente «no me gusta trabajar») y habías hecho algunas amistades, incluso hasta alguna «novia». Pese a todo esto, ella había adquirido «visión túnel» y se obstinaba en su valoración inicial. Llegó a prohibirme que le hablara, a menos que fuera en tutoría y con testigos, y por lo que luego supe, hasta a presionar a la orientadora contándole mentiras graves sobre ti. Algunos compañeros de clase, quizá haciéndose eco de lo que escuchaban, hablaban de ti por la calle como un niño «que no hacía caso en clase» o «que no se enteraba de nada». Ante este panorama, me decidí, no sin miedo, a ir a hablar con la directora.

Lejos de lo que esperaba, y del corporativismo que otros padres temerosos me dijeron que me podría encontrar, hallé a una mujer dialogante, conocedora de la infancia y cargada de sentido común. Se implicó fuertemente en nuestro caso e incluso fue a observarte en clase. Te caló inmediatamente. Un día, en un momento dado de nuestras conversaciones, cerró la puerta de su despacho y me dijo con rotundidad:

«Convéncete de que a tu hijo no le pasa nada».

Me quedé asombrada. Pareció por un momento que había regresado la cordura al mundo. Por fin había personas que confiaban en ti, que te comprendían, que te miraban sin intentar poner etiquetas. Esa confianza fue la clave para que pudieras librarte de tener tu vida condicionada a un diagnóstico dudoso. Ésa que nos hizo no firmar la autorización, ésa que no vimos en tu primer colegio, ésa que sí encontrábamos ahora. Confiaríamos en ti y te dejaríamos crecer. Todos.

Aguantamos lo que quedaba de año lo mejor que pudimos. Por suerte, tu tutora no siguió, aunque se despidió diciéndonos que no habías alcanzado el nivel de 4 años (es decir, si por ella fuera, habrías repetido curso) y dejando por escrito en tu boletín que seguía recomendando una evaluación psicopedagógica. Pero se fue, y, con ella, la desconfianza. Y todo cambió.

En Infantil 5 años tuviste una maestra maravillosa. Una maestra partidaria de dar apoyo a quien lo necesite, pero contraria a tener que poner etiquetas para ello. Conectó contigo enseguida y fuiste uno más dentro del grupo. Seguiste avanzando y madurando, en un entorno que te respetaba. El profesor de apoyo, que estuvo contigo en los dos cursos, me comentó sorprendido lo mucho que habías cambiado en tan poco tiempo, admitiendo, también, la diferencia en el trato que estabas recibiendo.

Y la confianza da sus frutos. Pese a que muchas veces parecías estar en babia, casi siempre te estabas enterando de todo. No tenías problemas en relacionarte con nadie, e incluso «integrabas» a niños nuevos o problemáticos por tu inocencia y tu falta de prejuicios. Y llegaste al nivel de 5 años. Así nos lo confirmó tu maestra poco antes de acabar el curso, dejando atrás una etapa de Educación Infantil que acabaste muy, pero que muy distinto a cuando empezaste.

Así las cosas, comenzó Primaria, sin más miedos que los propios de este cambio de etapa. Pero todavía nos esperaba una sorpresa. Al acabar la primera reunión del curso, y como habías tenido un par de episodios «rebeldes» los primeros días de colegio, me acerqué a tu nueva maestra de Primaria para preguntar cómo seguías. Tras un par de pinceladas sobre tu situación en clase, me comentó que ya había visto que se te estaba haciendo una evaluación, y que si finalmente te encontraban TDAH u otra cosa, que no me preocupara porque iban a seguir una dinámica integradora.

Me quedé sin palabras. ¿Evaluación en curso? ¿TDAH? Ahora que parecía que todo iba bien, ¿qué estaba pasando? En ese momento, entraste por la puerta con tu padre y tu hermano, así que pedí una tutoría para hablar del asunto. Por suerte, todo se trataba de una confusión. Tu nueva maestra había estado leyendo los expedientes de la clase, y encontró las anotaciones que había dejado en tu boletín tu maestra de 4 años, así que dedujo todo lo demás (incluido lo del TDAH, ya que, en este punto de tu vida, nadie se imaginaba que pudieran haber pensado alguna vez en el autismo).

Todavía dos años después, la sombra de aquella pesadilla volvía a planear sobre nosotros. Y eso que ni tan siquiera habíamos autorizado una evaluación. ¿Qué habría pasado si se te hubiera evaluado, si constara en tu historial que habías recibido recursos de apoyo, si hubiera habido un diagnóstico que finalmente hubiera resultado ser erróneo? ¿Habrías podido librarte de él?

Con todo, tu nueva maestra era una gran profesional, y un pedazo de pan. Me pidió disculpas y me dijo que, una vez que ya te había conocido, había descartado todo aquello. De hecho, ella misma me instó nuevamente a darte tiempo y a confiar en ti. Y a respetar tu forma de ser. Que quizá no eras el «alma de la fiesta», pero que eras feliz así. Que te despistabas con facilidad, pero no más que muchos otros de la clase. E incluso durante nuestra conversación me dijo que estabas entre la mitad de la clase que llevaba bien la lectura (creí estar soñando… ¡Por primera vez me decían en el cole que ibas avanzado en algo!).

Acabaste 1º con no más problemas que algunos días de mal comportamiento y una caligrafía bastante mejorable. Nada fuera de lo normal, en cualquier caso. Tres niños de tu clase iban a repetir curso; tú, en cambio, académicamente estabas yendo bien. El último día, cuando traías las notas finales, tu maestra me hizo abrirlas allí mismo para que viera lo bien que habías acabado (una vez más, animándome a confiar en ti). No pude evitar emocionarme, después de que me hubieran dicho que necesitarías ayuda al llegar a primaria, que seguramente acabarías repitiendo curso, que no podrías conseguirlo solo.

calificacionesAhora que vas a cumplir 7 años y acabas de empezar 2º, todo va como la seda. Eres un niño encantador, colaborador, tranquilo, dispuesto a ayudar y con un corazón enorme. No eres perfecto, ni mucho menos (¡nadie lo somos!), aún tienes brotes de mal humor, muchas veces estás en la luna, tienes reminiscencias de tu «actitud cómoda», muchas veces pecas de ingenuo y te encanta sacar de sus casillas a tu hermano. Y, por supuesto, sigues sin ser de grandes grupos de amistades, sigue sin gustarte jugar al fútbol o bailar, siguen fascinándote las tecnologías… ¿y por qué no? ¿Es que tenemos que ser todos iguales? Así eres tú. Y que nadie te intente convertir en lo contrario.

Y ahora no puedo evitar pensar en la cantidad de niños que estarán pasando por lo mismo que pasaste tú, y de familias que estarán pasando por lo que nosotros pasamos. La jefa de estudios de tu cole me dijo que éramos la primera familia que había rechazado una evaluación psicopedagógica propuesta por una tutora en toda la historia del colegio. Por una parte, me sentí halagada, pero por otra me eché a temblar, pensando en la confianza ciega que casi siempre depositamos las familias en docentes y orientadores, y en cómo damos por buenas sus afirmaciones, aunque vayan en contra de lo que percibimos día a día en nuestra convivencia con nuestros hijos.

A todas las familias que estén pasando por algo similar, les recomendaría dos palabras clave: confianza e información. Confianza en sus hijos, en los avances que ven, y en que todo aquello que aún no hacen, serán capaces de hacerlo solos; aunque no sean perfectos, aunque lleven una velocidad «por debajo de la media» (inevitablemente, para que exista una media, tiene que haber niños por encima y niños por debajo). E información fidedigna, basada en estudios científicos, en casos reales, en el conocimiento de niños que verdaderamente tienen un trastorno, en profesionales experimentados. Y, por supuesto, ser siempre los abogados defensores de nuestros hijos, porque ellos no pueden defenderse solos.

Cada día tengo más claro que, de haber hecho caso a lo que nos decían sobre ti, habríamos cometido un gravísimo error, y una injusticia enorme contigo. Te habríamos sentenciado a vivir una vida bajo una etiqueta, a que nadie mirara a la persona que eres, sólo al diagnóstico que se te impuso. Te verías abocado a sufrir consecuencias en forma de limitaciones académicas, laborales, sociales…, sin tener necesidad de ello. Y quizá eso hubiera acabado destruyéndote por dentro, como a tantos otros. Por eso, cada nuevo día que amanece contigo me siento inmensamente feliz y agradecida por haberte dado la oportunidad de ser tú; en definitiva, de haberte dejado crecer.

Anuncios

127 pensamientos en “Hace 4 años que te quisieron etiquetar con autismo…

  1. Hola a todos, antes que nada agradezco el espacio y la creación de este blog donde hay padres que nos sentimos identificados sin etiquetas como “negadores” o “despreocupados”.
    Aquí va un poco de nuestra historia:
    mi marido, mi hijo y yo vinimos de Argentina a vivir a Madrid hace 7 meses, mi hijo tiene 2 años y 2 meses, este año comenzó por primera vez la guardería. Siempre supe que el era especial, en muchos momentos me recuerda a mi de niña por todas las anécdotas que mi mamá me contó de mi infancia. Al año de edad empecé a “sospechar” que él podría llegar a tener TEA, supongo que por un poco de miedo de madre primeriza, otro poco de escuchar a los demás e investigar por internet, que, como bien dice una madre en comentarios anteriores, todo síntoma te lleva al TEA.
    Antes de que empiece la guardería, decidimos hablarle a la tutora de la sospecha que nosotros teníamos, supongo que para adelantarnos a uq nos dijeran algo y para ver como nos tenámos que manejar ante esta situación, el caso es que, la Psicopedagoga del Grupo de Atención Temprana de la guarde lo evaluó y lo ubica (aunque aclara que no es un diagnóstico definitivo) dentro del Trastorno del Espectro Autista de alto funcionamiento.. Estoy investigando y haciendo averiguaciones en distintos Centros como UbicaTea, Deletrea, CeTea entre otros para comenzar tratamiento cuanto antes. El caso es que a medida que van pasando los días, mi marido y yo creemos que el está creciendo a su manera y ritmo, que es distinto, como todos y cada uno de los niños. Creemos en un oído selectivo, elige con qué y como jugar, es cierto que se le dificulta comunicarse hablando, eso lo frustra y repite tooooodo pero, qué niño de esa edad no lo hace? seguramente alguno más que otro como es su caso. Le gusta estar mucho con nosotros, es muy cariñoso, aquí en Madrid somos nosotros tres solitos, puesto que, en Argentina dejó a sus abuelas, tías y primos, todos ocupando un rol muy importante en su vida, ya que, es una familia muy unida que estaba pendiente de el, el más pequeño. La tutora está encantada con el, es niño muy dulce, quizás hay que estar encima de él un poco mas que con otros, le da más trabajo que otros niños pero lo quiere mucho y le tiene paciencia. Le gusta aprender cosas y siempre está avanzando (por suerte!). Todas las noches sueño con que este diagnóstico desaparezca o simplemente me digan, “señora, dejemosle crecer”
    Muchas gracias a todos y un abrazo fuerte!!

    Me gusta

  2. No entiendo como pueden reaccionar así.
    A ver, mira a tu hijx y fíjate que necesita. Depresion, llanto?? Arriba familia!!! Sus niñes les necesitan!!!
    Busquen grupos, busquen contención!
    Que carajo importa el título del diagnóstico?? Lo que importa es que reciba el tratamiento adecuado! Y eso sin diagnóstico no lo van a lograr, porque el sistema es así.
    Acá, lo que importa, es que le niñe reciba contención, apoyo y todo lo necesario!!!
    Busquen terapia, ayuda, grupos, asociaciones, ongs, griten si es necesario pero no se queden en la negación porque es tiempo perdido. Y el tiempo no se puede volver atrás.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s