La estimulación temprana: no es oro todo lo que reluce

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La estimulación temprana, o atención temprana, es la «madre del cordero» en el ámbito de los diagnósticos de autismo y trastornos del espectro autista (TEA). De hecho, es el objetivo a conseguir, la razón por la que se otorgan los diagnósticos y se ponen las etiquetas. Según recoge el libro Unstrange minds, de Roy Richard Grinker (Catedrático de Antropología y padre de una niña con autismo real), la veterana psiquiatra infantil Judy Rapoport, miembro del Instituto Nacional de Salud Mental, afirma sin rubor: «soy increíblemente disciplinada en las clasificaciones diagnósticas en mi trabajo de investigación, pero en mi consulta privada, diría que un niño es una cebra si así consigue obtener los recursos educativos que creo que necesita».

A la estimulación temprana, que en España habitualmente se traduce en apoyo de Pedagogía Terapéutica (PT) y Audición y Lenguaje (AL), se le da un valor inconmensurable. Los maestros animan a los padres a etiquetar a sus hijos para «obtener lo mejor para ellos» y «poner a su alcance todos los recursos disponibles», y también muchos padres afirman que «lucharán» para que sus hijos puedan mantener sus sesiones de apoyo, a través de una plaza escolar de necesidades educativas especiales. Y no faltan los padres que pregonan en sus blogs que incluso prefieren un diagnóstico temprano equivocado a un diagnóstico tardío certero, porque así han podido comenzar a recibir estimulación temprana antes.

Tristemente, muchos diagnósticos se realizan en el entorno escolar a edades muy tempranas y bajo estas premisas, es decir, con el fin de obtener recursos. En mi caso, incluso me dijeron que estos recursos se podían solicitar antes de tener el propio diagnóstico, y conozco a algún niño que recibió estas sesiones durante todo preescolar sin que ni siquiera le dieran nunca un diagnóstico preciso. Y, como ya comentamos y argumentamos anteriormente, los diagnósticos realizados de forma muy precoz tienen un alto riesgo de estar equivocados.

Lo primero que cabe preguntarse entonces es: ¿Qué valor tiene la estimulación temprana si parte de un diagnóstico incorrecto o impreciso? El mismo que tomarse una medicina para una enfermedad que no se tiene. Así de rotundo se muestra Stephen Camarata, catedrático de Ciencias de la Audición y el Lenguaje. En una entrevista de 2014, nos plantea un ejemplo muy gráfico, en el caso concreto de los niños que tardan en hablar: «todas las intervenciones para niños con retraso en la adquisición del lenguaje deberían centrarse en enseñar al niño a hablar. Aunque esto parece evidente por definición, se obliga a demasiados niños que tardan en hablar a meter las manos en espuma de afeitar, llevar chalecos con peso, balancearse en hamacas de licra, someterse a cepillados sensoriales, escuchar CDs de música o discursos modificados digitalmente, aplaudir al ritmo de un metrónomo, tocar la flauta, hacer pompas, someterse a estimulación oral y otras actividades de todo tipo en el nombre de la “estimulación temprana” para niños que tardan en hablar». «La estimulación temprana es importante, pero debe ser el tipo adecuado de estimulación temprana y debe pautarse de acuerdo con un diagnóstico apropiado», apostilla.

Así las cosas, empezamos a encontrar los primeros estudios que cuestionan la efectividad de los tratamientos de estimulación temprana. Warren, McPheeters et al. realizaron en 2011 una revisión de 34 estudios sobre los presuntos beneficios de la estimulación temprana en trastornos del espectro autista. De estos estudios, sólo se considera 1 de buena calidad, 10 de calidad media y 23 de baja calidad. «La solidez global de las pruebas va de insuficiente a baja». Esta revisión asegura que, según los 34 estudios revisados, con la estimulación temprana se observan sólo «algunas mejoras en el desarrollo cognitivo, habilidades lingüísticas y conducta adaptativa en algunos niños». Además, queda por determinar por qué determinados subgrupos de niños obtienen más beneficios de las terapias que otros. Al hilo de esta revisión, Camarata, en su artículo científico «Early identification and early intervention in autism spectrum disorders: Accurate and effective?» (2014), atribuye estos pobres resultados a «la dificultad inherente en la identificación fiable del autismo en niños de 24 meses de edad», y a que, consiguientemente, muchos programas de intervención parten de diagnósticos erróneos.

Y esto no es todo. La atención temprana no sólo presenta una eficacia cuestionable, sino que puede ser incluso perjudicial para el niño y la familia. La maestra, formadora y psicomotricista Noemí Beneito, de la escuela de la reconocida pediatra Emmi Pikler, en su artículo La atención del desarrollo infantil desde una perspectiva de derechos, advierte que «las actividades llamadas de “Estimulación Temprana” llevan el riesgo de “bombardear” a niñas y niños con una cantidad de objetos y juguetes que no resultan de su interés o de someterlos a una cantidad de actividades y estímulos no adecuados a su maduración. De este modo, se exige al niño y a la niña más de lo que puede en ese momento del desarrollo, forzándolo a tener respuestas para las que aún no está preparado; obstaculizándose el despliegue de las acciones para las que sí está preparado, y retrasando el normal desarrollo de sus potencialidades». Además, añade que «se genera una carga de ansiedad, angustia y frustración, no sólo al niño y la niña, sino también a los adultos cuidadores, los que pondrán en marcha estrategias para que sus bebés “pasen las pruebas”. De este modo se está mirando lo que todavía no es capaz de hacer y se pierde la mirada en el niño que es en este momento».

Otra continudora de Pikler, Judit Falk, en su artículo «Desarrollo lento o diferente» (2001) va más allá: «las tentativas y las intervenciones cuyo objetivo es acelerar el curso del desarrollo, acortando los períodos de transición o intermedios, no sólo son inútiles y superfluas, sino que con las intervenciones incluso se corre el riesgo de perturbar o desorganizar los procesos de elaboración de las etapas consecutivas, si el niño no domina aún con una base sólida los estadios precedentes, y no se le concede todo el tiempo que necesita para practicar por sí mismo las fases intermedias que han de sustentar el nivel superior». Para Falk, estas intervenciones pueden hasta perjudicar la imagen que el niño tiene de sí mismo y su actitud ante la vida, dado que «siempre se le impone alguna cosa que aún le resulta difícil, y en todo momento se ve obligado a enfrentarse a sus debilidades y fracasos». Por eso, según Falk, estos niños «pueden perder fácilmente el placer por ejercitar las actividades» por su cuenta y, «con frecuencia, en vez de sentirse cada vez más seguros de sí mismos y cada vez más independientes, se vuelven inseguros y torpes, y ello no sólo en la primera infancia, sino definitivamente».

Así las cosas, si nos proponen para nuestro hijo en edad preescolar una etiqueta de autismo que no vemos muy clara, no nos apresuremos a cogerla por miedo a perder los recursos y la atención temprana que pueda recibir, dado que quizá estos recursos resulten innecesarios, o incluso perjudiciales. La pregunta que debemos hacernos es: ¿qué pasará si mi hijo no recibe estimulación temprana? Para Falk, la alternativa está clara: «En vez de estimulaciones e intervenciones directas, el soporte más eficaz que se puede ofrecer a los niños con un desarrollo más lento que la media no difiere del que favorece el desarrollo y crecimiento de los otros niños: seguridad afectiva, una cálida relación con la persona adulta, basada en el profundo interés de que son objeto, y una actitud de paciencia».

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2 pensamientos en “La estimulación temprana: no es oro todo lo que reluce

  1. Muy bueno, de nuevo muchas gracias. En el libro de Camarata, además relata diversas casos reales de como un tratamiento inadecuado puede ser perjudicial. Es más, indica que las investigaciones muestran que enseñar a un “late-talker” en casa es una opción razonable.

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